20081222144357-alimentos1.jpg

Por Graciela Guerrero Garay

En un foro de discusión de Internet, sobre políticas sociales en naciones del Tercer Mundo, un colega peruano decía, con pesar, que en su país había muchos problemas para las personas al momento de encontrar empleo y que las mujeres, en mayoría, sostenían la familia porque los hombres no querían trabajar.

Esta uña de lobo del desorden social y el machismo en nuestro medio, por suerte, no ha llegado a florecer con tal grado de humillación y, de alguna manera, la fuerza masculina aporta económicamente al hogar. Sin embargo, no todo anda bien en lo referido al auténtico sentido que tiene el verbo trabajar, pues no se trata de estar ocho horas en un lugar, firmar un libro, llegar temprano y salir en el minuto justo. Eso es cumplir una jornada, ni más ni menos.

Trabajar es otra cosa. Es rendir al máximo posible, con toda la eficacia y eficiencia que ello presupone y establecer una escala de correspondencia entre los parámetros a ejecutar y el concepto monetario a percibir. Ese es el móvil que establece el principio de las relaciones productivas. ¿Laboramos sobre estos conceptos? ¿Andamos todo lo bien que queremos y podemos? ¿Recibimos lo que aportamos? ¿Aportamos en la medida en que recibimos?

Con estas interrogantes, salimos a pulsar la cotidianidad. Opiniones explícitas, otras conservadoras, avalan nuestra percepción de que en asuntos laborales debemos de limpiar las ramas.

Fidel Castro, en uno de sus magistrales discursos, nos alertaba, con su valiente y aguda pormenorización, que tenemos que acabar la doble moral que trae consigo el desvío de recursos, el abuso de poder y la ineficiencia en el macro y micro mundo de nuestra sociedad. Y el trabajo no escapa de estos malos vicios que vamos cogiendo y que hay que amputar a cualquier precio.

Los sondeos de opinión apuntan hacia cierta desmotivación al empleo asalariado, bajo argumentos de que las mejores opciones están en sectores muy selectivos, los salarios no alcanzan y las ofertas de plazas, básicamente, pertenecen a la Agricultura y la Construcción. Y retomo palabras dichas en el fórum de marras por el colega peruano, “aquí mucha gente, da cualquier cosa por trabajar y no encuentran cómo y si lo logran, cuidan el empleo, es la única manera de tener otras garantías”.

Paradójicamente, en términos precisos, no todos cuidamos el trabajo y lo vemos con ese respeto de excelencia y como la primera meta que es para millones de otras latitudes. Cada cual tiene sus modos de argumentar respuestas. La mayor insatisfacción, a partir del tanteo realizado, está en los salarios y el costo de la vida actual. Y aunque es una realidad, la lectura no puede ser tan lineal ni subjetiva. Se gana poco, al parecer, pero ¿en verdad trabajamos con la competitividad que requiere cada desempeño? Si se tasa lo que hacemos, ¿ganaríamos más o descubriríamos que se nos está pagando lo que no hacemos?

Creo que por aquí deben estar los análisis y no en pedir  “aumentos” para hacer lo mismo y hacerlo mal. Cuando valoramos con ojos profundamente críticos e imparciales los problemas que prevalecen en la calidad de los servicios, en la rentabilidad empresarial, en los horarios de prestaciones de bien público, en la falta de gestión de las administraciones, en la demora de las tramitaciones y en todo aquello que sabemos anda mal y no combatimos y, de poco en poco, aprendemos o nos adaptamos a convivir con ello, entonces hay que concluir que no trabajamos o lo hacemos ineficientemente.

Y lo más dañino, creo yo, es que criticamos y criticamos como si los malhechores fueran de otro planeta y nada tuvieran que ver con nosotros mismos, con el entorno que nos envuelve y con el medio donde nos desempeñamos. Es una suerte de uña de lobo que se saca para “arañar”, bajo la excusa de que hay que lucharla, pero si no la cortamos seremos una gran colonia de arañas, cuyo almacén tiene sello estatal y un conduce mal habido: desvío de recursos.

Y esto tiene que ver directamente con el trabajo y la manera en que lo ejecutamos. El negocio no puede ser el espejo donde mirar el avance ni la calidad de vida que tengamos como meta personal y colectiva. El sudor del obrero no puede enriquecer el bolsillo de ciudadanos que, si revisamos bien, no tienen horas voluntarias, nada saben de los esfuerzos por llegar temprano a un centro laboral haciendo “botella”, montando coches o pedaleando a todo riesgo. Tampoco conocen de sacrificios que buscan alternativas para mantener las conquistas sociales y colectivas. Y ni imaginan siquiera los cansancios femeninos para mantener su doble jornada de trabajo social y doméstico.

En cambio, muchos si son expertos en revender, robar onzas de carne,  maltratar y hasta chantajear a quienes le reclaman con justo derecho. Eso sucede en las locaciones que ocupan los particulares. Pero del otro lado, entre el sector estatal, hay denominadores comunes. En muchos lugares del Comercio y la Gastronomía es evidente el desgano de servir con calidad y con el gramaje establecido. En los productos agropecuarios no hay esmero para mejorarlos a la hora de la venta y ofrecerlos frescos y limpios, al menos. Las recepcionistas no tienen esa virtud, en muchísimos casos,  de atender con gentileza, premura y satisfacción a clientes y usuarios.

Y de ejemplos de incongruencias, incompetencias e insuficiencias podría escribir sin límites, de todos los sectores y todas las ocupaciones. Es como un acomodo de la negligencia, que nos vuelve ciegos ante nosotros mismos y los demás y que solo, según criterios constatados,  un alto salario es la solución mágica. Pero no pueden existir altos ingresos sin respaldo productivo, sin esfuerzo rentable, sin resultados sostenibles. No se puede pedir lo que no se da.

Hay que empezar ya a descontar distancias y a romper ese mito de que solo el privado puede dar un buen servicio o tener la solución para la mínima demanda. Y las administraciones locales, los trabajadores, el sindicato y la vergüenza proletaria son los responsables de rescatar esta imagen.

Ese criterio, con matiz generalizador, de que el que hace negocios vive mejor hay que borrarlo de los diccionarios cotidianos. Habrá que replantearse políticas de empleo, revisar normas, acorralar al vago, terminar esa “mole” humana que pulula a cualquier hora del día por las ciudades revendiendo y abofeteando sin manos al trabajador, porque si cumple su jornada como debe ser no puede beneficiarse con las rebajas ni otras ofertas.

La solución no es sencilla, necesita de mucho trabajo e inteligencia colectiva, de reorganización y proyectos bien pensados, justos. Pero la calle no se la podemos dejar a quienes no valoran que solo aquí reciben lo que no aportan y los que aportan estén, en la práctica diaria, en una constante competencia con ellos.

Ahora como nunca debemos trabajar más unidos y con mayor eficiencia. Hay una inercia que molesta a todos los que aman de verdad el terruño y desean habitar una pequeña ciudad urbanizada, próspera y elegible entre los mejores ejemplos de la nación. Pero eso no se logra desde arriba, no cae por arte magia. Todo depende de nosotros. No hay otros culpables. Hay que trabajar, al margen de cargos y funciones.

Llegó el momento de dejar el paternalismo, la complacencia y la complicidad en asuntos de vivir sin trabajar. O cumplir simples jornadas para esperar el día del cobro. Hay que buscar una manera, sin dudas, de revalidar el esfuerzo productivo, despertar la conciencia y el respeto al trabajo y buscar un equilibrio racional entre lo que aportamos, ingresamos y podemos adquirir para mantener los niveles de vida honestos, altruistas y prósperos que se correspondan con una sociedad justa, culta y en desarrollo. Y el trabajo honrado, como principio.