20081002002225-images.jpgPor Graciela Guerrero Garay

Mi ciudad tiene aires de cosmopolita, a pesar de ser eminentemente agrícola. No ha escapado del desarrollo ni los vientos que sacuden los tiempos. No está enclavada en la parte más “moderna” de Cuba, pero tiene, aunque sea un poco, de todo cuanto estrena como novedad el siglo XXI.
No escapa por tanto, de esos códigos que nacen torcidos o se trasmutan mal. Andando, como todos andamos, me cruzo a diario con bicitaxis inundando de reguetón el ambiente y no pasa nada, vaya solo el ciclista, sean las 10 de la mañana, las cinco de la tarde o la dos de la madrugada.
El estiércol equino sigue en las calles denunciando la presencia de los coches, pero la gente dice que es muy difícil coger uno y cobran la carrera a 20.00 pesos del hospital Guevara al Tanque de Buena Vista. En cualquier esquina, cualquiera, arma un basurero. Tampoco pasa nada.
En los edificios multifamiliares, todos los días, puede aparecer un “regalito” de excretas humanas. La pared recién pintada de un restaurante remozado, en un momento, promociona un corazón con los nombres de “mima y pipo”. Y nadie vio nada. Pero en las Asambleas de Rendición de Cuentas todo el mundo exige que la Dirección de Comunales haga esto y aquello y hay quienes, incluso, se avergüenzan de una ciudad tan montuna.
En fin, que ante tan indisciplinado desorden, me puse a jugar con la imaginación y los conceptos heredados de generaciones atrás. Recordé que la vida de perros, según me contaron desde que nací, es lo más precario que puede existir y una muy seria ofensa para los que clasificamos como inteligentes en la escala biológica. Entonces los estudié con ojos menos paternalistas y los ubiqué, tal como son, en sociedad.
Resulta que, salvo cuando se enamoran, viven en paz y son muy cordiales los unos con los otros. O simplemente, se ignoran. Esperan pacientemente que se les dé la comida y siempre van a ingerirla al lugar que le han enseñado. Si de necesidades se trata, vea lo que hacen. Huelen y huelen hasta encontrar la huella y ahí, zas. Creo que si tuvieran baños públicos no hubiera ciudad más limpia.
Fieles, como nadie. Si los maltrata, si no les da el pan, si no los baña, se ven agradecidos, al menos, de que le pusieran nombre y aunque el hogar no sea el más ideal, muestran que valoran lo que vale, con defectos y virtudes, tener un techo a ser un vagabundo. Por eso lo defienden con ladridos y mordidas, igual que a sus amos.
El sentido de la vergüenza y la disciplina sobra. Si los regaña, no se atreven a mantener la misma postura hasta que se convencen de que se les perdonó. Referente a hábitos disciplinarios, solo los violan cuando intervienen los desmanes humanos. Descansan siempre en el mismo sitio. Los doméstica y responden como el Big Bang. El rabo se les cae de gratitud, ante el mínimo detalle de afecto, condescendencia o ayuda.
La comunidad canina es virtuosa. Corren a saludarse. Hasta consideran cuando un macho selecciona su hembra, y viceversa. Están ahí, a la búsqueda del momento, pero si el elegido anda cerca, van a distancia. Respeto, palabra exacta, al derecho ajeno.
De que son enemigos irreversibles de los gatos, cierto. Sin embargo, cohabitan, comparten y algunos hasta los crían. Y no crea que intento compararnos. Absurdo, los humanos somos más inteligentes. ¿Verdad?.
Sencillamente, miro los perros de mi cuadra, los que andan por otros barrios de la ciudad. Hago mis observaciones cotidianas y recuerdo la frase de Martín Luther King cuando afirmó que “Hemos aprendido a volar como los pájaros, y a nadar como los peces, y todavía no aprendimos a vivir como hermanos”
Mi ciudad no escapa de los desmanes humanos ni la leve gracia de sus hijos caninos. Ella, como todas las ciudades de este mundo, necesita de cada uno de sus inquilinos. Son quienes la hacen vívida, para bien o para mal.
Los perros de mi barrio parecen entenderlo. Y hay Satos, Chinos, Salchichas, Cooker, Chauchau y hasta Dálmatas. Viven en paz y nunca han arrancado una flor a la mata de rosas de la esquina.
Vuelvo a pensar en Luther King. ¿Cómo sería si fueran a la escuela? Y otra vez el ruido de un claxon me recuerda que, efectivamente, desando una ciudad civilizada. No, no creo que esté perdida la llamada inteligencia humana del siglo XXI. Debe ser asunto de códigos perdidos, trasmutados, egoístas. ¡¿Será una eterna vida de perros?!