20081005093636-electricos5.jpg

Por Graciela Guerrero Garay

Desde la última semana de agosto y las primeras de septiembre, en la que los tremendos huracanes Gustav e Ike destrozaron prácticamente a Cuba, hay un carro que casi me atrevo a asegurar en términos absolutos ha sido – y es aún – el más esperado por todos los cubanos por décadas y décadas: el de la Empresa Eléctrica.

También creo fielmente que estos trabajadores, de llevar un cuenta millas en sus piernas, romperían  muchísimos récords en kilómetros andados con el mayor peligro a cuestas, el insomnio perenne y el sacrificio a todo riesgo.  Los tendidos eléctricos cayeron por el suelo a lo largo y ancho de la Isla.

No se trata de que se partiera un cable o rodara por tierra un poste del alumbrado público. El sistema como tal, con sus inmensas torres de alta tensión, fue un simple papelillo para la furia de los vientos.

Solo los cubanos sabemos qué significa poder decirle al mundo que hoy tenemos luz en casi todos los municipios que los demoledores ciclones se encargaron de pisotear a su antojo. El 27 de septiembre todavía medio millón de coterráneos estaban sin el servicio, muchos de ellos de mi querida provincia, que fue severamente atacada por Ike y nadie recuerda algo así en toda su historia.

Estas cosas me llevan a un viejo camino, la Batalla de Ideas, con sus más de 40 Programas Priorizados, entre los que clasificaba uno y que costó bastante trabajo asimilar por mucha gente, pues reformó desde el modo “operandi” de la cocina doméstica, hasta el pago de la electricidad por escala progresiva a partir del consumo de kilowatt diario, que por supuesto, devino un gasto mayor a la hora de saldar las cuentas mensuales.

La Revolución Energética que gestó Fidel Castro. A ella le debemos este milagro de ahora, desde esos modernos carros bien equipados que por estos días de recuperación parecen cohetes por los barrios, los campos, las ciudades, por doquier, y a toda hora.   Sin ella, nada pudiera ser posible, pues era un sector prácticamente en ruinas por su  vieja tecnología y lo antiquísimo de los tendidos.

Es una verdad sin discusión. Los grupos electrógenos, que tampoco nadie sabía lo que eran ni lo que significaban hasta hoy, pues eran términos ajenos al gracejo común. La posibilidad de crear microcircuitos alimentados por estos equipos, donde todavía es imposible restablecer el sistema normal, permite que hoy, por ejemplo, en el poblado de La Fe, en la Isla de la Juventud, tenga electricidad. Y que los más, en 48 horas, hayan recibido el “alumbrón”, todavía bajo el agua y los vientos que traían consigo esos monstruosos ciclones.

En Las Tunas, que Ike pretendió convertir en la cenicienta que fue en las décadas del 60 y 70, pero no logró a pesar de tanto y todo, unos 15 mil tuneros se benefician directamente de este tipo de generación. Y a buen entendedor no hay que decirle que tampoco ha sido fácil, pues su instalación requiere de un nivel de recursos (camiones, grúas, personal)  que tampoco están en abundancia.

Si Paris vale una misa, muchas habrá que darle a estos trabajadores del sector de la Electricidad, los “eléctricos, la gente de la planta”, como les llamamos todos familiarmente. Y también muchos tendrán que quitarse el sombrero para bendecir lo que un día condenaron, a fuerza de apegos a viejas costumbres o desconocimiento.

Tan cierta es así la Revolución Energética, como que me atrevo a seguir con mi idea de que el carro más esperado por los cubanos es ese, el de la eléctrica. Nadie queda en sus casas, le siguen el rumbo, están ahí al lado de esos hombres que jamás recibirán el pago exacto de su gigante sacrificio.

Y estas son las cosas que Gustav, Ike y todos los que puedan venir no le quitarán al cubano, la alegría de vivir y estar ahí, impacientes, inconformes, somnolientos, agotados, junto a los que traen la esperanza para darle al final de la meta un sano aplauso, espontáneo y sazonado con ese Uhhhhhhhrrrrrrrrrrrrrraaaaaaaaaaaaaa que sabe a indio, congo y carabalí.