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Por Graciela Guerrero Garay    Foto: Lloansy Díaz Guerrero

A un poco más de una semana de cumplirse el mes de que el vampiresco y demoledor huracán Ike azotara a Las Tunas, la leyenda de El Caballo Blanco vuelve a la memoria de sus viejas generaciones.

Ahora ya no dicen que andaba de jinete un indio sin cabeza. Esta vez era el ojo de Ike quien tomaba las bridas y galopaba, sin piedad, por cada centímetro de la comarca de San Gerónimo, devenida con los siglos en una bella ciudad con aires de modernismo y una cultura que la ata fuertemente al punto guajiro y la décima, con su picante repentismo.

El Caballo Blanco, como cualquier unicornio, jamás pidió permiso para anunciar sus tragedias. Si alguna culpa tuvo de la desgracia del pueblo y la propia fue, justamente, servirle de cómplice y secreto amigo a ese nativo enamorado de la doncella de sangre azul. Eran tiempos de la colonia española. Pobre del mestizo o el cacique que tuviera la osadía de mirarla más allá del iris coquetón de sus pupilas.

No hizo caso alguno el embobado indio a las advertencias. Fue decapitado. Desde aquella noche, así como vino Ike, en las primeras horas de un amanecer oscuro, se oía el trotar despiadado de su blanco corcel acabando con todo, aullando como lobos hambrientos y decididos.

La tragedia sobrevendría. El miedo cundía sobre las chozas y la tuna, ese captus verde espinoso que le trajo su nombre definitivo, se colocaba en las puertas de las casas para que no entrara a la familia la maldición de aquel vengativo gallego, quien mandó a la muerte al Casanovas, de plumas y taparrabos, que hizo diana en el alma de su hija.

El huracán Ike, categoría 3, que entró a tierra por el norte de la provincia de Holguín, en Punta Lucrecia, y continuó su trayectoria sobre esta región tunera fue así, brutal y temeroso, como el protagonista de una de las leyendas más populares que se tejen alrededor del surgimiento de la comarca de Cueyba, como bautizaron los nativos a esta tierra, encontrada prácticamente virgen por sus conquistadores españoles.

Ahora la destrucción da lugar a la recuperación, aprisa para tantas contingencias y milagrosa para un país bloqueado durante 50 años por el gobierno de Estados Unidos, hecho que en la práctica se traduce en un constante rompecabezas para mantener los indicadores elementales de vida en la nación. Y Cuba, en igual tiempo, perseverante y vertical, ha logrado mantener las estadísticas de salubridad, educación, alimentación y equilibrio social a la par de muchos países desarrollados y superiores a casi todos los de América Latina.

Por eso duele más el ataque feroz de estos ciclones tropicales, primero Gustav, en occidente, luego Ike en oriente. Porque esta Isla ha trabajado duro, con sus hombre y mujeres en mayoría, pasando percances de todo tipo, para llegar a los niveles alcanzados hasta este verano del 2008. Ahora, en más de un criterio responsable y profesional, escuchas que se ha retrocedido décadas.

Empero, lejos de lo que pudiera creerse o decirse, no hay desespero. Hay mucho trabajo, muchas urgencias y muchas necesidades. No hambre, sino falta, aún mínima, de productos que estaban permanentemente en los agromercados. Todos los cultivos fueron casi desvastados. Lo que dejo en el suelo y se pudo aprovechar, se mueve a la población por los sistemas de ventas habituales, pero habrá necesariamente que esperar a las siembras y las cosechas de viandas de ciclo largo como el plátano, los frutales, el aguacate. Es una realidad que se escapa a la voluntad del hombre.

Las viviendas se levantan con la unión de todos y se le pone una mayor atención en su garantía constructiva. Ya no puede aflorar el empirismo. Hay comisiones especializadas que orientan a los propietarios. Pero el problema no se resuelve de ahora para ahorita, como resolvieron Gustav e Ike burlarse de tanto sacrificio consumado.

La gente de Las Tunas se acuerda de El Caballo Blanco. La niebla llega a los ojos cuando se transita por las calles y ya no están las arboledas, antiquísimas, que vieron crecer la vida en la ciudad. Lo mismo sucede en los municipios de Jesús Menéndez, Puerto Padre y Manatí. Pero la luz le ganó la batalla a la oscuridad, en menos tiempo del que se creía cuando, por todos lados, había cables, postes, transformadores, aislantes. El sistema eléctrico fue desvastado, arrasado, inutilizado.

Ya hoy en Las Tunas el 71,74 por ciento del servicio de electricidad está activo, aunque en la zona norte todavía, a pesar del apoyo de fuerzas de otras provincias, con interminables jornadas, queda mucho por hacer y las cifras están lejos de satisfacer a los necesitados y a las direcciones gubernamentales y políticas. En el país aún existe medio millón de personas que no tienen luz eléctrica. Sin embargo, llegan los grupos electrógenos para auxiliar.

Es la magia que nunca trajo a la región el indio sin cabeza y su blanco corcel. La llamada Revolución Energética es la reparadora de sueños. Gracias a ella se pueden crear microcircuitos alimentados por esos equipos, hasta tanto se restablezca la conexión afectada y se conecte al sistema nacional. En Las Tunas se recibirán 48, que ya vienen en camino.

Como la leyenda tunera, el azote de este monstruo llamado Ike tampoco podrá borrarse para siempre. Se hablará por años de sus vientos y su fuerza, de cómo desdibujó la geografía natural. Se recordará a los amigos que tendieron sus manos bondadosas para paliar las urgencias. Las convocatorias internacionales, los obreros que renunciaron a sus vacaciones y ni se ocuparon de sus tormentos para estar ahí, en sus puestos y trabajando para todos.

Es una tristeza hermosa. Un reto más que humano. Una unidad exclusiva. Puede que sí, que el Caballo Blanco haya vuelto por estas tierras de la tuna brava, pero no encontró ni dejó miedo. Sus hijos confían en la virtud de sus manos, acostumbradas a la lucha diaria, remendar descocidos para seguir la vida, a apretarse todas, sin diferencias, para salvarse de las hecatombes, de los ataques enemigos, de las difamaciones.

Apretadas nuevamente están. No están solas. Hay una mano grande que hace lo imposible porque el bienestar se imponga y esta crisis emocional y material se vuelva nada, lo más pronto posible. Llega lo mismo en camión con tejas encimas, que con pan en carretas o agua en pipa. Lo cierto es que hasta sus reservas recorren carreteras y caminos hace un mes, día y noche.

Es la obra común, que algunos llaman Revolución, otros proyecto socialista, otros comunismo. El nombre no importa, lo que cuenta es el respaldo, la atención y la ocupación que tiene con su gente el Estado Cubano. De no ser así, con tanta nobleza e interés multiplicado, no pudiera escribir estas líneas y la oscuridad llenaría el teclado de mi computadora.

Con lo que dejó en pie el ojo de Ike ni uno mismo se cree que hoy la vida parezca normal, que transiten las guaguas, el ferrocarril, se abran los comercios, las escuelas, las ventanas y la gente haga un cuento “de pepito” en la misma cola que, hace un mes atrás, esperaban el pan como ahora. Por eso cuando a guajiros viejos como Naño uno le oye decir que esta Revolución y Fidel son los más grandes, mientras recoge de manos del cartero su chequera, se da cuenta que el cubano nació para ver milagros.