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Por Graciela Guerrero Garay

El poder de pertenencia para mí es mágico. Y mire que no digo, poseer. La posesión, en el mejor de los casos, puede oler a codicia. Hablo de otra cosa. De ese nexo que, sin ser un apego enfermizo, crea vínculos de identidad con el micro y macro mundo que nos sostiene y que, de alguna manera, creamos y nos pertenece.

A mi modo, lo bautizo de mágico porque la experiencia existencialista dice que cuando alguien cultiva ese halo de identificación con todo, desde la esquina buena de los sentimientos, es más humano - personal y socialmente-  al tiempo que convierte tal arraigo en virtud y responsabilidad.

Para algunos descreídos esto se llama coger lucha, básicamente con lo “ajeno”. Y curiosamente, lo ajeno son el césped de los parques, los árboles de las avenidas, las plazas de los pueblos y cuanta cosa exista de su puerta hacia afuera. En fin, esas espacios comunes son propiedades de Liborio – entiéndase otros (Estado y congéneres) - y mientras no me rayen mi pared, que acaben con la del vecino, suelen decir y asumirlo como la salida más fácil.

Creo que mucho del deterioro visible que vemos por el mundo, de la que Cuba tampoco escapa, tiene que ver con esto, con la ausencia del poder de pertenencia. De este despego, muy malo por cierto, cualquiera hace un basurero en la esquina próxima. Otros dejan su firma y corazón enamorado en el transporte público, la mesa de una cafetería, el baño de una escuela y la caseta del teléfono recién estrenado.

En varias galerías de imágenes que uno encuentra, básicamente de los países de América Latina, se nota el fenómeno. Mi ciudad no simula este pecado. Es inconcebiblemente cierto y paradójico. La instrucción es gratis y la educación le viene a todos como el aire, natural, desde los primeros años de vida.

Sin embargo, se comete la barbarie de deteriorar lo que el Estado, con mucho esfuerzo y desafiando el cruel bloqueo que le impone a Cuba el gobierno de los Estados Unidos, día a día construye para mejorar la vida y la sociedad.  

Hay a quienes les da por quitarle ramas a las arboledas, llevarse las baldosas de las jardineras de los edificios, defecar en locaciones ornamentales y hasta tirarle piedras a una luminaria. Pero lo bonito del caso es que no quieren vivir en una aldea. Quieren tener una ciudad altamente urbanizada, sin estiércol de caballos y llena de flores por doquier. Y no escuche usted lo que hablan sobre las entidades estatales que tienen que ver con esto. Ellas son las únicas responsables de que la provincia esté sucia, tan atrasada. 

Mala propaganda, interna y del exterior. Bajísima mentira y puercos calificativos. Las Tunas brilla con sus nuevas construcciones urbanas, tiene todas, la mayoría, de sus calles asfaltadas. Les falta el mantenimiento sistemático, es cierto, pero los grandes recursos que se invierten no los malversa el Estado. En las afectaciones hay muchas manos ciudadanas, descuidadas, malagradecidas.

¿Dónde dejan el deber y la responsabilidad ciudadana? ¿Por qué “chillan” tanto cuando le ponen multas? ¿Sacan la cuenta de las veces que hay que reponer lumínicos, llaves, bombillos, mosaicos, cubiertos, vasos, etc., ect  porque, sencillamente, se los roban? Si existiera realmente un nexo de pertenencia colectivo, cívico, muchas de estas cosas no sucedieran con la frecuencia que pasan.

Y esto, en los rectos diccionarios, es corrupción social y debe ser sancionado. No es fortuito que en una cafetería le sirvan sin los cubiertos y, al preguntar, la empleada le diga que solo hay dos cucharas y que tiene que esperar que los comensales de “allá” terminen su merienda. La respuesta es la misma: se la llevan los usuarios.

La otra historia es que si te dan cubiertos, la mesera anda como Watson vigilando el último bocado para, zas, quitártela de la mano por si acaso. Si se pierde, ella tiene que pagarlo. Y no es justo, ¿verdad?

En una palabra, los cubanos, los terrícolas, sobre todo los que vivimos en un mundo acosado por los poderíos imperiales, pedimos un cambio. Nuestros gobiernos son atacados muy duramente, por defender esas mayorías necesitadas y humildes que no entran en las escalas de valores de los ricos ni cuentan en las estadísticas que denuncian la explotación de las políticas neoliberales (léase todos los marginados y analfabetos que había en esta Isla antes de la Revolución de 1959. Inclúyase a los que hoy se benefician con la hermosa paloma que llevó Hugo Chávez a los Cerros de Venezuela. Los derechos que lucha Evo por consolidar en Bolivia. Los de Ecuador. El sueño que cae sobre Paraguay…En fin, América, nuestra América)

Pedimos cambios, exigimos bienestar social, incluso nos arrogamos el derecho de cuestionar o calificar a nuestros gobiernos por “lo que nos falta y creemos merecer”, subestimamos los esfuerzos, sus políticas…eso hacemos muchos ciudadanos de este continente.

Incluso, ya hasta lo ponemos sin ningún pudor en cualquier espacio de Internet, donde ciertos “sesudos” parecen encontrar o tener bajo la manga las recetas para nuestros pueblos. Duele ver como los pobres se dejan arrastrar por ese mar de leva putrefacta y ajena a la verdadera realidad de las naciones de América, saqueadas vilmente desde los siglos de los siglos, dueñas de un poco de explotadores que hicieron tierras y amores impúdicos con el sudor de nuestros abuelos y el rapto impositivo de las abuelas…

Ahora los malos son Fidel Castro, Raúl Castro, Hugo Chávez, Evo Morales, Lula, Correa… y todo ese grupo de hombres sencillos que, la mayor parte del tiempo, viven en constante sigilo por las amenazas de muerte, por los complejos problemas que tienen que resolver y no encuentran las maneras más justas de hacerlo por tanto mal acumulado, por tanta mentira acuñada en los ojos de su tierra…

Encontrar los caminos del sol no es fácil para nadie, y menos cuando existe una oveja descarriada, una sola basta, en un momento exacto, para complicar toda una estrategia y llevarse a la nada el éxito. No nos creamos que esto es mágico. No. Eso tiene que tener un poquito de cada uno de nosotros.

Hagamos de nuestro espacio la casa grande, no la manchemos. Cultive la pertenencia desde adentro y por doquier. En poco, veremos la magia del mágico embrujo de que todos somos un poco de los demás de los demás. De seguro, usted entiende este juego de palabras exprofeso. De eso se trata cuando decimos Depende de ti, América, depende de ti.