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Amor por amor

Por Graciela Guerrero Garay

Hoy muchos dicen que murió el amor. Y es una pena que algunos se dediquen a comprar la propaganda de los descreídos, en tiempos en que solo el AMOR humano nos salvará de las bestias. Empero, la suerte quiere, junto a la voluntad de los que apuestan por multiplicar los panes y los peces, que las evidencias crezcan y haya materia sólida y hechos loables de que son más los que aman que los que odian.

Venezuela es una prueba tangible. América, con su voz de paloma en franco vuelo, poco a poco, da síntomas de que más temprano que tarde será una como lo predijo Martí. Claro, no es una victoria de ahora para ahorita. No faltan los jinetes del Apocalipsis ni quienes tienen sangre tipo $$$$$  con licencia para matar y acuñar todas las bajezas de la Caja de Pandora. Sin embargo, contra todo pronóstico malévolo, tocamos con la mano (léase corazón) lo real maravilloso de nuestros pueblos, tal como bautizó Carpentier ese sortilegio de la identidad latinoamericana.

Por estos días el AMOR por AMOR se nos entrega en casi todos los barrios de Cuba y la provincia de Las Tunas. Llega con rostros de seres queridos o con el Médico de la Familia, o el hijo del vecino. Son los galenos nuestros que hacen historia y humanidad en la tierra de Bolívar y andan de vacaciones. Pero también están los especialistas del INDER, los colaboradores del MINAZ, los periodistas, los especialistas de otras disciplinas que abren ventanas al sol y los miles de venezolanos que vienen acá para recibir esa hermandad que los cura, enseña y salva.

Se cree en el bien, se concibe un mundo mejor, se demuestra que se puede dar más y más. Se aprende que la sonrisa de un hombre, no importa raza, religión u oficio, hay que alimentarla con dignidad ciudadana o se le puede dibujar para siempre en sus pupilas al respetarle sus derechos o darle su lugar.

La Operación Milagro, Esperanza... la Misión Robinson... Barrio Adentro... están ahí, en Cuba y en Venezuela para poner los puntos a las íes y patentizar que no es cuestión de geografías ni cánones políticos, ni intereses de clases o desafíos de a porque sí. Es AMOR. Es humanidad. Es Patria. Es deber de persona a persona. Es el bien que todos llevamos dentro y que debemos dar antes de que la muerte nos empuje a los silencios mortales. Es la única manera, y nunca crea otra cosa, de vivir eternamente en nosotros.

Porque el que anda con pie derecho, el que siembra, el que deja de ser y se comparte, esté donde esté, será eterno. Y no esa eternidad que no se ve, sino aquella que pervive en el recuerdo de los hombres que quedan y agradecen y que comprenden, para bien común, que significa, sin discursos de más, los demás de los demás.

La solidaridad humana no es un mito. Es un hambre del alma y solo se sabe cuanta felicidad y compromiso engendra al hacerla tangible. Es la luz con que podemos hoy, todos, decirle NO a la guerra, al desamor, a la ambición, al yoismo... desde nuestra propia puerta. Y jamás será exclusiva de grandes líderes o celebridades. Es inherente al más simple ser y tiene la gloria de convertirse y hacer huellas con un sencillo y cortés “Buenos días”. Aunque le parezca increíble, así  también se hace revolución en estos tiempos modernos.