Esas no son cubanas

Por Graciela Guerrero Garay

He esperado que pase el furor de la noticia. Quizás los cerebros blanco-negros estén menos apasionados y puedan leer con alguna cordura lo que quiero decir. Aunque estoy convencida de que no cesará la metralla “pueril” y envenenada para desinformar, manipular y comentar sin dominio alguno de una realidad que gana cualquier eventualidad a pesar de los peros y los contras.

Antes de redactar estas líneas revisé, casi todo, lo que han publicado los medios internacionales. Y no dejé de leer, por supuesto, las declaraciones de las mal llamadas “Damas de Blanco”, porque nada tienen que ver con la pureza íntegra que se le atribuye al color con que las llaman. Mi conclusión es una: no son cubanas.

A las cubanas auténticas no se les ocurriría nunca levantarse contra el gobierno ni pedir libertad para sus presos, al margen de que los suyos sean los llamados de “conciencia”. NO se les ocurriría por cosas tan elementales como saber a conciencia de que si están en la cárcel es porque cometieron un delito y se les juzgó y condenó por lo que exigen las leyes.

A la policía se le puede reclamar porque anden sueltos algunos ladronzuelos de barrio o porque no tengan en listas preventivas a todos los que delincan. Nunca por maltratar a un ciudadano que cumpla con el orden y esté en orden. Y menos por someter a proceso a un inocente.

Lo otro es tan elemental, o más, que lo primero. La madre cubana, aunque tenga sexto grado, sea universitaria, viva en un edificio o una casita de madera en campo adentro, se le da gratis la atención materna, desde la captación del embarazo hasta que el bebé hace su alumbramiento.

Y después, a ese niño o niña, se le da todo GRATIS también hasta que empieza a trabajar, mientras ella goza de todos los derechos laborales y legislativos durante el primer año de vida del vástago, con licencia de maternidad pagada si es obrera.

Desgraciadamente, los enemigos son tan coléricos y tan poco éticos que solo ven las manchas. Y se agarran de la escasez, pero es que con escasez y todo, esos niños jamás se acuestan sin comer, tienen un litro de leche diario, una bola de pan, un sobre de yogurt y una proteína asegurada, una vez a la semana, en las carnicerías, Nada de excesos, ni en cantidad ni valor monetario, porque son productos subsidiados. Eso para muchos, muchísimos, en la humanidad que hoy habita la tierra, es un lujo.

Una madre y esposa cubana sabe de cocinar con leña –ahora no, todas lo hacemos con ollas eléctricas en las ciudades y en la mayoría de las zonas rurales- tanto como que su familia tiene un nivel de seguridad estatal inviolable por parte del Estado. Nuestra policía no es represiva, es educativa y alerta, previene, antes de proceder. Eso lo saben todos los cubanos.

Y cubanas, con esposos, padres, hermanos, hijos, nietos y parientes en nuestras cárceles, tenemos muchas. Y ninguna ha hecho una manifestación de este tipo, como lo hicieron las Damas de Blanco. Hay casos en que no han encontrado justa la sentencia y reclaman al Tribunal Supremo. Si procede, se le da la razón. Eso también lo saben los cubanos.

Pero esta comidilla de las “esposas de los presos de conciencia” es un pan de avena en horno americano. Es la puntillita servil para que siga la campaña y la ingerencia contra Cuba. Y no creo que ellas, si viven en Cuba y en La Habana, dejaran de contar con la posibilidad de que el pueblo, mujeres como ellas, no se les enfrentaran.

Porque hay una perogrullada en este asunto: las cubanas, con escasez, apagones, salarios que no cubren la balanza de precios, sin oropel ni limosinas…a pie, en camellos, “en botella”, con candil y cuanta limitación que no huela a consumismo exista en nuestros hogares y centros de trabajo, amamos la Patria, pensamos, como madres y esposas, de las garantías – mínimas, si a alguien le gusta el término- que tienen nuestros hijos y esposos. Y si somos buenas damas, buenas madres, buenas esposas, hacemos lo indecible para sacarlos de los malos caminos.

Y esos llamados “presos de conciencia” buscaron los trillos más turbios para demostrar su enfermedad. Aquí, y también lo saben los cubanos, los que no estuvieron de acuerdo con nuestro socialismo se fueron en el 59 y se están yendo desde entonces.

Nos faltan muchas cosas en campos de eficiencia y suficiencia. Hay que limpiar el viandero de malas yerbas. No nos creemos ni somos perfectos. Vamos a mejorar nuestra sociedad. Ahora lo estamos haciendo con más bríos que nunca, pero a nuestro modo, al modo de la mayoría.

Estos aspavientos de unos pocos que no encanten a nadie. A las Damas de Blanco solo se les hizo la resistencia que ellas mismas produjeron en su resistencia. Como mismo circula la foto de nuestras dignas camaradas haciéndolas subir a los ómnibus, divulguen también los gases lacrimógenos, las mangueras de agua, los bastonazos y todo lo que también sabe todo el mundo usan por ahí para callar a quienes protestan por más empleos, alimentos, salud, educación, no mercado sexual de niños, desaparecidos inocentes y cuanto mal engendra la mala distribución de la riqueza en el planeta.

Basta de tratar de hacer víctimas o falsos héroes a quienes piensan en sí mismos o le dan valor a sus semejantes a partir de la plata que llevan en el monedero. Esta es una sociedad de humildes y para los humildes, donde la grandeza está para todos o para nadie. Y a quien saca la pata, se la cortan y más si la pone en la senda equivocada. Las cubanas pedimos cambios, pero sin perder un ápice de lo que tenemos.  Y esta convicción es más antigua que las Damas de Blanco.