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Por Graciela Guerrero Garay

Dos años después me hago la misma pregunta: ¿En la Meca del pobre, quién pinta los derechos? Y me asusto que falte tanto para arrancarle al almanaque la hoja de diciembre. Esta vez mis ojos chocan con nuevas estadísticas. Más muerte, más hambre, más calentamiento global, más desaparecidos, más guerras, más violaciones, más pobres, más presupuestos para armamentos, más explotación, más migraciones…

En fin, una larga lista de números patéticos y palabras, las mismas palabras apocalípticas que delatan, para los que sí aprendieron a leer con raciocinio, que la balanza mundial anda siempre mirando al oeste, por donde jamás sale el sol. Empero, los titulares de farándula anuncian fiestas de millones para autos, viajes a la luna, hoteles en el planeta Marte y hasta novios robot que te hacen el amor con la mirada.

Increíble, pero cierto. Sesenta años de que la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobara por votación la Declaración Universal de Derechos Humanos y más de la cuarta parte de los terrícolas vive en absoluta pobreza. A los llamados Países del Tercer Mundo, lo único que les falta es que a algún poderoso se le ocurra pasarlos para un “cuarto”, incluirlos en el glosario de “amenazas para la vida”, acuñarles la categoría de “terroristas”, desplegar un ejército con napalm y bombas teledirigidas y montar una campaña difamatoria y antinacional que le sostenga los ¿argumentos?

Anoche apenas pude dormir, y vivo en un país libre, gracias a miles de hombres y mujeres que desde el descubrimiento del Nuevo Mundo aprendieron a tiempo el significado de la dignidad. En Las Tunas, mi ciudad, las noches solo son heridas por el chirrido de alguna que otra lechuza, el claxon de un vehículo, la risa de alegres trasnochados o el galopar de los caballos de los coches que hacen de transporte público. En toda Cuba sucede lo mismo.

Me desveló el grito de Marisa Olguín, la mamá de Bruno Alberto Gentiletti, un niño de Rosario, en Santa Fe, Argentina, desaparecido desde el 2 de marzo de 1997. La foto que difunde PING, un buscador de blogs en Español, es “resultado de un estudio (Progresión de edad), realizado en EEUU por International Center for missing & exploited children. Creemos que puede ayudarnos a encontrarlo”.

Justamente así dice el mensaje, pues cuando Bruno no regresó a casa tenía nueve. Hoy, ya es un adolescente de 19 años y aún no sabemos donde está, indica más adelante la nota. ¿Quién se atribuyó el derecho de dejarlo sin los mimos maternos, sin sus amigos, sin su vida? ¿Quién viola y quién defiende la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la Asamblea General de las Naciones Unidas?

Cuanto contraste. Cuanta crítica estéril y absurda a mi país, acusado millones de veces, sobre todo por los Estados Unidos, de violar los derechos humanos.

Mi hijo es también un adolescente de 19 años y recién comenzó a trabajar como Técnico Medio en Contabilidad. Acaba tarde, recorre un trayecto de más de tres kilómetros diarios a pie o en bus y tiene total garantía. Y, también, miles como él, estudian de noche, van al cine, visitan amigos, hacen acampadas, van a conciertos, y regresan sin otro riesgo que no sea la eventualidad propia del existencialismo.

Desaparecidos, jamás. Lo contrario. Cualquier cubano, sin conocer al muchacho o la muchacha –como le decimos con cariño- los auxilia si caen de la bicicleta, tienen alguna discordia o están en peligro por una travesura. No tendrán todos una reproductora, una goma de mascar, una memoria MP3 o un “zapato con lucecitas” en la suela, pero ríen como les da la gana, arman un juego de pelota en plena calle, trasnochan, estudian gratis y van al médico hasta por un simple dolor de cabeza sin costo alguno.

Siempre he tenido una larga (por vieja en mi memoria) interrogante en la cabeza: ¿los derechos, los verdaderos, los inherentes al hombre, se defenderán antes o después de nacer? ¿Para qué hablamos de “Derechos” si la mitad de los humanos nacen sin garantía de vida, sin un plato de lentejas asegurado, sin un medio ambiente idóneo, sin una potencial infancia feliz?

Podría escribir tanto y mucho de lo que casi nadie tiene o tendrá cuando ve la luz, que ni un semanario de mil páginas alcanzaría. De tan pequeños detalles crece la vida que, hasta podar un cerezo en el Amazonas, puede ser la desaparición de un refresco de la fruta para los que nazcan en el 2050. No es una idiotez preguntarse, otra vez, quién le devolverá la alegría a los ojos de Marisa Olguín. ¿Alguien tiene idea de cuántos kilómetros han recorrido sobre el mismo asfalto las Madres de la Plaza de Mayo?

Todavía no es diciembre. Las bombas siguen cayendo sobre Irak. El repudiado, por los hombres de bien, no digo incluso de la izquierda, Luis Posada Carriles, terrorista confeso, sigue libre. Los CINCO cubanos que denunciaron el terrorismo dentro y fuera de Estados Unidos, manipulados en un juicio que viola justamente las normas del Derecho Internacional, están presos a pesar de que se ha demostrado, una y una más, que su delito es salvar de la muerte a sus hermanos cubanos y norteamericanos.

El 11 de septiembre es una foto mil veces difundida y hasta popular. ¿Cuánto habrán almorzado un súper-plato a su costilla? Gardel dijo que 20 años no es nada. No es raro que algún político de turno, de los ya probados de turnos, la parafraseen y acuñen, “60 tampoco es nada”.

Pero yo creo, sinceramente, que la Asamblea General de Naciones Unidas debe virar la tortilla y para el 10 de diciembre, cuando se cumplan los 60 años de lo que pudo ser una ejemplarizante Declaración, al menos, un reporte de prensa pueda contar la historia al revés. Sería tan humano leer, escuchar, difundir, poner en las esquinas, Ya no hay niños desnutridos en África…

Bruno Alberto Gentiletti ya está en casa. Marisa Olguín es tan feliz como las madres cubanas. Ya no temerá jamás que se ausente. Por vez primera en la tierra se han restablecidos los derechos. Este derecho a leer algo que valga la pena y desborde el corazón acaso, ¿no es humano?