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Por  Graciela Guerrero Garay

La ciudad es un rosal de tinta nueva. Hay olor a papel fresco en sus esquinas. La gente corre a su encuentro y fija en el corazón el santo día. Ya nada quedará en la garganta del olvido o servirá de cómplice a los murmuradores de pasillo. El pregonero mayor, su pregonero eterno, nació y la ciudad tiene para siempre un testigo de amor. un fiel amante.

"Primer cine en Las Tunas... ". "Se casa la señorita... " "Inauguran la primera imprenta"... "Mañana comenzará a distribuirse..." La noticia le camina por las venas a mi ciudad. Ya no es de uno, ni de dos... sino de todos. Ya no es una ciudad sin el pregón mayor, el sempiterno, el que le da color a sus arbustos, el que le cuenta la piedra de los tiempos. Ya mi ciudad no es huérfana de voces ni podrá ocultar más a los fantasmas. La buena nueva le pondrá coloretes y el murmullo de los leprosos de la tarde se ahogará en el silencio de la tinta.

Uno y otro almanaque se van. Cambian los tiempos. Incluso, el Pregonero Mayor cambia de rostro, de nombre, de lugar. Es la metamorfosis del desarrollo indetenible de la vida y los hombres. De la tecnología. De los asuntos y la conciencia. Pero la ciudad sigue ahí, retratada, con sus gobiernos y sus pareceres. Con sus avances y sus retrocesos. Con sus soles y sus manchas.

No hay pregonero sin ciudad y viceversa. Es un binomio de hechos. Un contubernio de reciprocidad y realidades. Mi ciudad no será nunca olvidada. Tiene memoria desde ayer y hasta mañana. Un después infinito, de tinta y de papel. De centinelas de palabras, con sujeto y predicado activos, guerrilleros.

Ya nadie osará tergiversar su historia ni inventarla en tertulias mal habidas. Corre sangre de tinta y plomo en sus archivos. De fotos y sucesos. Cada piedra se teje por su misma y deviene palabra, orden, combate, promesa y reto. Y hay más. Ahora su historia es de siglos más modernos. Y el Pregonero la viste y la desviste. Se habla de barrios nuevos, de inventivas salidas del cerebro popular, de las revoluciones que mueven el planeta. De los héroes anónimos y confesos. La ciudad es un Pregonero de papel rejuvenecido con computadoras y lenguaje digital...

Pero, amén de los recursos y los modos, de los siglos de los siglos, de la gente que se va y se queda, de los que vienen, están las huellas... pasos nunca perdidos en mi ciudad de flores frescas y amarillas... es el paraíso del pan de cada día, el pan caliente que se espera y necesita... es la catarsis de la simplicidad de un mundo salpicado de glorias y de empeños.

Simple, muy simple, mi ciudad es un periódico grande e inmortal, donde cada palabra tiene rostro y cada rostro es una esperanza de tinta y de papel... un pregonero, 26.