Por Graciela Guerrero Garay

Años llevan los paraguas rodando por el mundo y parece que no pararán. Desde que los franceses anotaron el punto de ser los primeros en utilizarlos en el siglo XVI, muchas damas, de todas las épocas, se dejaron hacer un óleo o un trazo para simular sus siluetas, a veces desnudas, bajo el picaresco y encubridor artefacto, confeccionado con tela, en sus orígenes, y varillas de metal.

Pero la historia de estos amigos protectores de la lluvia y el sol, no es tan sencilla. Al robusto paraguas alguien le buscó su pareja, la sombrilla. Y también los llenó de supersticiones. De esta suerte, se cuenta que nunca deben abrirse en el interior de la casa, ni siquiera en un recinto cerrado y tampoco en el vestíbulo o porche de cualquier lugar. Hacerlo da rienda suelta a un mal que, en ocasiones, puede desencadenar la muerte. Este maleficio es relativamente reciente, pues como tales, no fueron introducidos en Europa hasta el siglo XVII.

Su simbología procede de los parasoles orientales, representativos de la realeza que dimana de la divinidad, y del palio. Desde ese ángulo, se interpretaba que usurpar la condición divina por medio del uso de ambos objetos era interrumpir el itinerario del reino de la luz (el sol), y contribuía a desairar a los dioses. Por eso sólo se permitía que, excepcionalmente, se usara para cobijo y protección en las salidas al exterior.

Otras concepciones más racionalistas argumentan que esta superstición la crearon, de forma artificial, a principios de introducir su uso en Europa, con el fin de evitar los posibles accidentes que provocaban los primeros y desprevenidos usuarios del armatoste, al intentar abrirlo. Sin embargo, prevalece la creencia, que involucra igualmente las fuerzas del bien y, para algunos, usar un paraguas un día soleado es invocar la lluvia. A los tuneros nos vendría de maravillas, ¿cierto o falso?

La sombrilla parece quedarse al margen de los sortilegios, mire usted si el machismo es viejo. El problema es el señor, que si se nos cae anuncia una decepción en el amor o en los negocios y, siempre, debe ser otra persona la que lo recoja del suelo para evitar el riesgo.

Y no crea que termina ahí la historia del paraguas. Resulta que si se usa de ventilador, girándolo y girándolo, espanta la suerte y si, impulsado por el viento, se vuelve hacia atrás, también. Ah, y no se le ocurra colocarlo sobre la cama y tampoco sobre una mesa, aunque si alguien le olvida en un lugar extraño, es signo de que el destino le tiene reservada alguna sorpresa agradable.

Verdades o mentiras, leyendas o populismo, no podemos negar que en este verano no hay mejor compañero que ese aparato, masculino o femenino, digo, paraguas o sombrilla, para protegernos del bendito sol de oriente. Si quiere, créase la historia o el cuento de los ascentros, pero nunca crea que es mejor caminar sin estos objetos utilitarios que le ayudan a conservar la lozanía y evitar las enfermedades de la piel que, sin dudas, ocasiona la exposición prolongada bajo el rey amarillo, que está que corta, como dice el viejo Anselmo, quien prefiere andar "disfrazao de espantapájaro que pirimpimpinto", mientras pregona por ahí..."limones, traigo limoneeeeeesss". Decida usted.