Por Graciela Guerrero Garay

Nunca es fácil escribir de un amigo, sin que te gane el sentimiento y, en asuntos de letras, corras el riesgo de poner un adjetivo de más o añadirle una virtud que otros no vean. Si este amigo es especial, universal, como el mío, el peligro es mayor. Pero, ¿cómo llamar a un hombre que ha detenido sus pasos para saludar a un labriego, que ha puesto su pecho en primera fila, a las primeras balas, sin importarle quién es y lo que merece?

¿Cómo ignorar que, gracias a él, mi suegra, una humilde campesina de los montes de Guaracabuya, en un paraje perdido de Villa Clara, hoy sabe estampar su firma y no usar sus huellas digitales, como lo hizo hasta el 61 cual si fuera una potencial prófuga de la justicia? ¿ Qué hago, o que calificativo busco, para nombrármelo en el alma cuando descubrí la historia de mi esposo, que cogió una libreta por primera vez a los 16 años porque él llenó de escuelas todo el Escambray, cambiando la maleza por edificios modernos, ESBEC y cuanto inmueble hacia falta?

¿Qué bautizo le hago en mi corazón si mi padre, con escasos cien pesos de salario, pudo sostener que sus cuatro hijos hoy sean profesionales, y cuando eso no había universidad en Las Tunas? ¿ Quién, sino un amigo, reparte los excesos de unos y lo entrega a los otros, aunque no sea bien recibido por los que guardaban para sí lo que los más mendigaban a sus ojos? ¿Dónde buscar otra categoría afectiva, si cambió los terraplenes por calles, los cuarteles en escuelas, el marabú por ciudades, hizo hospitales en la punta de una loma, racionalizó de a poquito el pan para que todos comieran algo y hasta ahora mismo, anda metido en asuntos domésticos para que, trabajen o no trabajen, las mujeres aligeren el entuerto de la cocina, cuando la mayoría de sus iguales buscan una isla de nudismo donde pasar el verano o ajustan el presupuesto de sus pueblos para fabricar la última metralla que los sostenga en el podio del poder?

Mi amigo, no hay dudas. Aunque tenga que salvarlo de nuestros enemigos. De esos que creen que la vida es tener un penthouse, un Mercedes Benz o un lunch a la francesa, así no más, de regalía. Mi amigo, por suerte, sabe que vivir es sacrificio, es agradecer el derecho de respirar el aire sin napalm, es catar el valor de la sabiduría y disfrutar la muerte de la ignorancia. Es tener salud, libertad, hacer caminos y construir puentes, no importa si eres blanco, negro, mestizo, albino, hereje o religioso.

Mi amigo, aunque yo misma no entienda, a veces, cómo puede dar tanto y tanto sin ser dios. O, cómo, todavía, podemos convivir sin contagiarnos con su magia y andar, o intentar, mirarnos desde adentro, como él lo hace, y le mutilemos la grandeza de su espíritu y su bondad, con el simple descuido de no llamarle AMIGO.

Mas no importa, Fidel de los cantares. Tú también me enseñaste que todo tiene un precio y que el verdadero amor no es, sino con una lágrima, tan pura como el amor mismo. Gracias, muchas, por dejarme ser y demostrarme que los hombres de verdad son esos, los AMIGOS.