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Por Graciela Guerrero Garay          Fotos: Recuerdos de Familia

Hace cuatro años, justo hoy, te convertiste en un ángel más, en un espíritu de luz, aunque nuestras vidas, las de tus hijos y de quienes te amaron de verdad, andamos desde entonces con un pedazo de menos en el pecho y una lágrima congelada en los ojos. Es duro el maremoto de recuerdos que me golpea este 12 de junio al margen de mi voluntad. ¡Se me fueron contigo tantas cosas!

Jamás se me olvida tu misa en la casa de las monjitas, como llamamos con toda la fuerza de la fe y el amor a Dios, a nuestra parroquia en Buena Vista, donde tú, domingo a domingo, ibas a darle tu devoción al Padre Celestial. Aquella noche, el sacerdote dijo que tú, mi Simona Graciela Garay Carrasco, te habías dedicado a cosechar bienes en el cielo y no en la tierra. Por eso sé que no estoy loca ni acaso me traicionan mis pupilas cuando, frente al abismo de la noche, miro ese divino universo y de pronto, cuando hablo contigo, me sale de repente una estrella fugaz y la paz me baña y mi fe es infinita, como esa dimensión en la que estás y sigues siendo.

Y entonces entiendo el mudo y misterioso lenguaje del espíritu, el eterno amor de madre que no rompen las reglas de la vida ni la muerte. Y respiro, agradezco… y tu ausencia es mi fortín y mi esperanza. Y en esos escalofríos que más de las veces me sacuden está esa certeza, donde solo el alma lee y acuña. Tú rebaño quedó aquí en esta tierra convulsa y disfrazada pero tú, mami querida, lo sabes y nos amas más y nos proteges. Gracias, porque aunque camine mutilada soy más fuerte y me siento más segura de que a todos nos cuidas y nos alertas.

Que siempre la luz perpetua brille para ti. Ahora rezaré el Padre Nuestro.