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Por Graciela Guerrero Garay       Fotos: Cortesía de la Familia

Las Tunas.- Lian Marian siempre tuvo el talento de las hadas para contagiar con su magia a cuantos le conocen. De sus gracias y mimos sabe bien su mascota de ojo azules, un perrito pekinés que alegra ese universo de duendes y sueños que la envuelve, aun cuando el camino fuera hacia la escuela de arte “El Cucalambé”, donde estudia solfeo y violín desde su aula de cuarto grado.

Empero, las rutinas le cambiaron a Lian como a su familia. Ya los “despertares” no son tan de prisa ni el reloj apura las siete. La terrible pandemia que agobia a la humanidad obliga a buscar alternativas en tareas tan hermosas y esenciales como ir a la escuela, compartir con sus pares del aula y los profesores. Las teleclases ahora son la senda y ella, disciplinada y enamorada de su instrumento, las toma con el mismo placer de meses atrás cuando en los salones de la EVA disfrutaba y aprendía.

El celular es el puente cotidiano que le devuelve la voz de la profesora Lily Rivero Ruiz para continuar sus clases de solfeo y aprobar la asignatura de Iniciación Musical. Su mamá Yanetzi Nieves y su abuela Grisel Lorenzo devienen manos cómplices para que todo quede como debe ser.

Con el violín no es menor la pasión y la constancia. El profesor Alberto Capdevila Pupo llama, graba los videos, valora los avances con el armónico instrumento de cuerdas y hasta por la televisión tunera andan los compases de esta unión más fuerte que, cada día, logran las teleclases entre Lian y sus docentes.  

La Covid – 19 es una suerte de fantasma malo que intenta romper lo hermoso de la vida y claudicar las metas. No lo logra. Ni con Lian Marian ni con miles. Por doquier, casi en cada casa, si husmeas un poco en el silencio que sobrecoge los espacios comunitarios escucharás a estos profesores de la escuela de arte o aquellos que, desde lugares lejanos como La Habana, besan con el mismo amor a sus alumnos de siempre y a los otros miles que hoy les nacen en cualquier geografía de la isla.

Mientras, las arpas el violín hacen su magia. Devuelven la esperanza cobijada en el viento que va a todas partes, alucinada con un susurro cierto: La fiesta de la educación en Cuba no es una utopía. Más temprano que tarde terminará  con “chies”, risas, aplausos y esa felicidad agradecida de las familias. Le ganamos esta batalla al maléfico virus.  No todo está perdido.