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Por Graciela Guerrero Garay       Fotos: De la autora

Las Tunas.- Es un hombre inquieto, aunque a simple vista parece tranquilo. Sus manos no delatan al artista dormido que se esconde, quizás, al sur de sus entrañas. Nació en Naranjo, justo frente a donde está el central Majibacoa, y desde ahí trae aquello de trabajar intenso hasta lograr lo que quiere. Dice que le viene de su padre, un obrero cañero que los colonos llevaban a donde quiera que fueran. Nadie quería perder a un  hombre así, de los buenos.

A la sazón, la familia fue a parar a la nueva colonia en la Guinea de Manatí. Era el año 1944. De ahí para Jobabo, a “La Octavia”.  Y el oasis de Gilberto Ávila González surgió entre el lindero de dos grandes extensiones de tierra. Tuvieron su batey. El bohío pintado de blanco, encima de la loma, con el conuco, un pozo y los frutales, sigue nítido en su memoria.  Cerca, estaban las minas de oro de Caobillas y el río Jobabo.

“Allí hay una cascada, que corría sobre piedras pelonas. Siempre íbamos a esas galerías a sacar murciélagos y bañarnos. Al triunfar la Revolución asumí responsabilidades políticas en la zona, donde corté caña siendo un niño e hice de todo en la agricultura. Después me designan esas mismas misiones en otros municipios y lo que era la región territorial, pero en 1974 vuelvo a Jobabo, como secretario del Partido. Y en una de las visitas que hago por el río recojo una piedra, para llevármela como recuerdo de mi infancia. Aquí empieza la otra historia que vamos a contar”, dice y gesticula. No cree en la casualidad. Para él, hay muchas causas.

¿DESTINO O PROMINICIÓN?

Durante más de 40 años esa piedra lo acompañó. Fue pisapapeles, sujetó puertas y hasta de mortero en la cocina la usó su esposa alguna vez. Cuando la noticia sacudió a Cuba y al mundo, no estaba preparado para eso. Y después del impacto… aquella piedra pelona.

“Como revolucionario, era un soñador y creí que jamás eso sucedería. Fidel no podía morir. Yo tuve la suerte de compartir con él en más de 20 ocasiones…sentir sus preguntas… las manos, el calor del abrazo. Todos estos eventos estaban en mi cabeza. Estaba muy unido a él y atento a cada información. Cuando se da la ceremonia en el cementerio de Santa Ifigenia y veo aquella gigantesca piedra, y a Raúl depositando los restos del Comandante en Jefe… enseguida vi la semejanza.

“Llorando, porque lloré, tomé la decisión inmediata…yo guardaba en una piedra similar, más pequeña,  mi vida y mis memorias… tenía que hacer algo con ella. La cogí, tomé una foto de ese momento solemne y salí a desarrollar la idea. Concebí una urna de cristal. Fui a ver a Luisito, un carpintero que vive por la zona de Bonachea, y me hizo la parte de madera. Sigo con Casalí, un joyero que trabaja frente a la cafetería La Cubana. Le explico la idea y me dice que sí, que se puede hacer algo lindo y me pide un pedazo de madera dura. Traigo un trocito de ácana.

“Este muchacho fundió las letras en bronce y las incrustó a la chapa de madera y la piedra. Busco a Flores, un artista escénico y amigo mío. Enseguida se sumó al proyecto, y adaptó los cristales al tamaño de la urna. Yo tenía plastizadas las obras de fondo, el concepto de Revolución y la foto de Raúl depositando las cenizas de Fidel, y los tapices rojo y negro. Con todos los elementos, fijamos la piedra y cerramos la urna.

“Faltaba el pedestal, el cual lo hizo mi hermano Raúl que es ebanista. Le dimos de altura un metro y 10 centímetros, fue intencional, porque desde que concebí la idea pensé en que las personas deberían inclinarse ante ella, como un homenaje de respeto a nuestro líder. Siempre he dicho que no tiene un valor artístico. Es patriótico.

“Cuando yo parta, la cuidarán otras personas. Es para la eternidad. Hasta ahora se ha expuesto en la biblioteca provincial, en el museo “Vicente García”, el memorial de igual nombre, la Central de Trabajadores de Cuba, el telecentro y el hospital Ernesto Guevara, donde estará hasta después de noviembre. Quizás quede ahí, en el sitial de Historia, o la llevemos a otro lugar. Así surgió esta réplica del grano de maíz que guarda los restos del Comandante en Jefe.”  

MONOLOGO ABIERTO…

Vuelve a Río Jobabo… desanda las leyendas de los esclavos entre las cascadas… lavan el oro que los ibéricos enviarían a España. Acaricia la mocha… Ahora, cuando el tiempo le cobra casi 77 abriles, Gilberto Ramón, es un jubilado inquieto y orgulloso de ser miembro de la Asociación de Combatientes y creador, junto a un grupo de artistas y  amigos, de la réplica que en Las Tunas hará infinitos los agostos y noviembres... Todo incrustado en esa piedra pelona, blanco amarillenta que un día le quitó a las aguas, sin saber que eran trozos de vida más allá de sus amores y la infancia. ¡Quién iba a decirle que sería un amuleto infinito de fe para su querido Fidel!