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Por Graciela Guerrero Garay          Fotos: Cortesía familiar

Las Tunas.- Tiene la luz de esos seres centenarios, bendecidos por una suerte de santidad que les desborda la ternura por las manos y, de alguna manera, se las lleva a los ojos, como conscientes de que es la manera más pura de hablar, sobre todo si la voz se torna suave y las pausas  largas. Siempre bonita, dada al beso y las vibras de su casa y los seres queridos.

No está perennemente quieta Mercedes Fillort González, aunque merece este descanso - casi obligado- porque mucho lavó y planchó para darles sustento a los siete hijos  y ayudar a su eterno compañero Sigilfredo Domínguez Carbonell. Eran tiempos de las vacas flacas y el campo no echa flores con pocos brazos.  El conuco familiar supo de sus cantos y sudores constantes.

Tal vez por eso nunca quiso abandonarlo. Allí cuajó los sueños de mujer, cubana y campesina, legítima, en medio de los trinos del monte, la sombra de los árboles y el pimpollo de las palmas. Y bien pudo hacerlo,  porque con la llegada del triunfo revolucionario sus hijos cogieron las brisas nuevas y vinieron a la ciudad, incluso con responsabilidades como las que tuvo Eleuterio, por años delegado de la Agricultura en Las Tunas.

Mercedes se apegó a sus raíces. A esa vida de trabajo intenso, que traía en la piel desde que salió de su natal pueblito de Uñas, en Holguín. Su amor eterno la sembró con dulzura en sus predios, Majibacoa, y empezaron a levantar las fortalezas nupciales, de las que hoy son orgullo los 39 nietos, 24 bisnietos y 18 tataranietos. Sus abejitas dulces, sin importar la edad  o lo mucho o poco que los vea.

Llegar a los 100 años no es misterio. Confiesa que lo único que ha hecho es trabajar y comer lo más sano y mejor que pueda, con alegría. Ser optimista y dar amor, un sentimiento que le brota por los ojos y hace nido en sus manos. Y por ahí parece andar el secreto de la longevidad, al menos los que llegan a esa edad lo cuentan.

Mercedes sonríe. Mira a esos hijos, nietos, tataranietos y amigos que le agradecen la luz que irradia para ellos. No por gusto es la estrella de todos. Y en la ronda de besos y aplausos vuelve a cantar el campo, el oasis de su larga vida.