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Por Graciela Guerrero Garay        Foto: Ángel Chimeno

No están muertos, aunque la colonización y sus cruentas batallas y conquistas pudieron borrar la memoria. Los tatarabuelos y abuelos españoles perviven en fotos, anécdotas, recuerdos y sobre todo, en la sangre de los millones de cubanos que viven hoy en la mayor de las Antillas, la tierra que el almirante Cristóbal Colón bautizó como Juana, en honor a los Reyes Católicos, sus benefactores.

Desde entonces, el 28 de octubre de 1492,  se echaron las raíces, que diferencias políticas, geográficas, quema de documentos, miedos, cambios de identidad, silencios y verdades a medias, con manipulación mediática, jamás pudieron secar. Los cubanos de ayer, los de hoy y de mañana no reniegan su ascendencia. Todo lo contrario, quieren salvar el derecho que por ley de Dios y de los hombres les pertenece.

La Ley de Memoria Histórica fue una suerte de panacea para las añoranzas, pero no todos pudieron obtener su beneficio. Desinformación – para muchos hasta intencionada -, falta de comunicación intrafamiliar, carencias económicas, burocracia, difícil acceso a las citas en las embajadas y toda una amalgama de tropiezos frustraron o llenaron el camino de hipos de impotencia y desencantos, pero nadie olvidó que por sus venas corría la savia de esos millones de españoles que formaron su familia en lo que la historia bautizó como el “Nuevo Mundo”.

Historias hay para llenar cuartillas. A muchas, los implicados no le encuentran explicación.  René Alberto Díaz Llaudi, un joven de la oriental provincia cubana de Las Tunas, ante el anunció de la posibilidad de aprobar la conocida “Ley de Nietos” pone flores a la Virgen de la Caridad del Cobre y  se hizo fans de los grupos que en YouTube difunden el tema.  Su abuelo era español y su padre obtuvo la nacionalidad por “Opción”. Su dilema es si  él puede o no recibir el beneficio, de quedar nuevamente en el limbo la propuesta sujeta a aprobación.

Mientras Díaz Llaudi pinta sus madrugadas de insomnio, otra tunera, la señora Teresa Vila, tuvo mejor suerte y logró la ciudadanía española, aunque guarda en el pecho la añoranza de ir a España, pero el alto costo de los pasajes es su barrera mayor. Al contar su historia para el blog del Grupo Doble R dice:

“De la descendencia en España se poco, porque mi abuelo murió en el año 1962 y yo era muy chiquita. Sin embargo, a mi abuela sí le escuché decir muchas cosas pues viví un año con ella, allá en un lugar llamado Yaguaramas, de la provincia de Villa Clara. Murió en 1974, ya tenía dieciocho años y recuerdo muy bien que me contaba que vivía en Santa Lucadia, en Lugo, y mi abuelo, en Castro de Rey, en Lugo también.

“Ellos se enamoraron muy jovencitos. En España había muchos problemas en aquellos tiempos – me decía – y era muy dura la vida allí, mucho el frío y como no tenían posibilidades, eran pobres, decidieron venir a Cuba. Ambos llegan en 1904, mi abuelo con 20 años y ella con 17. Mi abuelo Constantino Vila nació en el 1884 y mi abuela en el 1887, y se llamaba Angustia Fuentes. El abuelo paterno sé que se llamaba Benito, tengo la inscripción guardada ahí.

“Cuando se dice que los nietos tenían derecho a hacerse ciudadanos por la descendencia del abuelo, yo mandé a buscar a España las dos inscripciones de ellos. Escribí a Lugo y me las mandaron. También por parte de mi papá ya algunos primos se habían hecho descendientes, y todos los hicieron por la parte de mi abuelo, y eso me ayudó más a decidirme y logré hacerme ciudadana.

“De lo que es la familia allá no sé mucho. Sí decían que con mi abuelo vino un primo, pero aquí se dispersaron: Por Holguín yo oigo de una familia Vila y por Puerto Padre, en Chaparra, también, pero desconozco si tienen que ver con nosotros. Conocí a un pastor, Onson Vila, y el prototipo de él se asemeja al de nosotros. Yo quisiera algún día conocer de la familia de España, su historia; escribir allá o tener relación con alguno de los Vila o de la parte de mi abuela para saber más de ellos.

“Mi abuelo nunca en la vida se hizo  ciudadano cubano, jamás. Él siempre iba a pagar su estancia en Cuba, que lo hacía en La Habana. Nosotros conservamos el carné de las cuotas que pagaba. Por eso se nos hizo fácil adquirir la ciudadanía, porque conocíamos su historia, nunca se cambió el nombre. Nos ayudó también que mi papá vivía con ellos en Horquita, en una finca que tenían en Cienfuegos,  era una lechería.

“Mi padre vino para Manatí, aquí en Las Tunas, para trabajar en la zafra y ahí conoció a mi mamá y se casó. Somos seis hermanos, pero él falleció en 1963 y todos éramos  muy chiquitos. Mi abuela venía a vernos, pero después que murió esa relación también se distanció. Ahora, después de hombres y mujeres fue que nos buscamos.

“De las costumbres recuerdo poco, pero con el reencuentro, todos decimos que tenemos esa herencia de la abuela de ser quisquillosos, ordenados. Dicen que mi papá era muy ordenado. Hace poco viajé a Estados Unidos a conocer una prima y es igualita a mi hermana Xiomara. Mi abuela me contaba que ella en España pasaba mucho trabajo, que las muchachas jóvenes morían de tuberculosis porque el frío era mucho y ellos, huyendo de esas cosas, fue que vinieron para Cuba.”

Teresa se mece  lento en su balance de pino. En su modesto apartamento ilumina los ojos con la remembranza de aquellos dulces de naranja de la abuela Angustia. “Le quedaban riquísimos, y después sacaba las tajuelas y hacia un caramelo y la azucaraba. Por fuera quedaban sequitas, pero cuando te las comías eran mojaditas y dulces. De mi abuelo recuerdo que era un hombre muy bajito. Yo cierro los ojos y veo su imagen, era muy querido por sus hijos.”

Los nombres de sus tíos le vienen a la memoria… Julio, Feliciano, Reinerio, José Ramón (mi papá), Cecilio,  Agustín, Blanca y María… y siente el orgullo de haberlos conocido y guardar piel adentro su cariño, y saberlos muy buenas personas. Todos murieron.

Otra vez los sentimientos encontrados  pausan el diálogo… “siento un deseo grande, grande, de ir a España, de ir a donde nació la descendencia mía, porque allá hay familia. Tengo entendido que vino uno a Cuba y buscó a una prima mía que vive en Cienfuegos. Ese primo vino a averiguar por nosotros, y yo me acogía a la Ley porque sentí que era algo que me había dejado mi padre. No tengo recursos para ir a España, pero si un día los tengo, quiero ir a España.”

Se pasa la mano por la cabeza y responde con absoluta convicción: “Claro que sí, la Ley de nietos debe ser aprobada. Es un legado que nos dejó nuestra familia, nosotros somos parte de ella y uno siempre quisiera sentir cerca a la familia. Yo quiero que la aprueben, porque así muchos de los bisnietos reencontrarían de verdad su sangre, su legado. Estoy seguro que si ellos estuvieran vivos votarían por ese derecho. Mi abuelo quería eso, regresar con todos allá. Ese era su sueño y jamás renunció a ser español”.

Y en las cartas que se pusieron amarillas o borró el tiempo entre Constantino y Angustia con sus padres en Lugo está ese puente que hoy tiene muchos eslabones perdidos, quizás porque los hilos que los sujetan no son exactamente de sangre ni llevan el dolor, la espera o la fuerza imperecedera de los sentimientos humanos. Esos que ahora, en una noche cálida de una oriental provincia cubana, humedecen el iris de los ojos de Teresa Vila al volver al retablo de su infancia o al cono de sombras que la aleja de Lugo, donde está la semilla de su estirpe.