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Por Graciela Guerrero Garay      Fotos: Reynaldo López Peña

Las Tunas.- Es sábado, 19 de enero del 2018. No es una fecha cualquiera. Por vez primera hay un carnaval beisbolero en esta ciudad, el Balcón del Oriente de Cuba. Nadie dice, como es habitual para esas fiestas “voy a ver las carrozas y tomar unas laguer”. La gente siente algo diferente, más emocional y profundo. Sale a lucir su alegría por los Leñadores, a gozar el triunfo del equipo de pelota que hizo el sueño de traer el título de Campeones de la 58 Serie Nacional, esperado y añorado por décadas.

El verde de las gorras, las camisetas y los pulloveres opacaron el mito de la tuna, ese cactus que por los lejanos años de 1796 distinguió y crecía abundante en los corrales del ganadero Jesús Gamboa, en San Gregorio, a donde venían de regiones vecinas a comprar las reses y se extendió tanto la fama de la frase “voy para la hacienda de las tunas” que, poco a poco, le adjudicó su nombre definitivo.

Todo simula ser pequeño en esta ciudad desde ayer cuando llegaron Pablo Civil y sus muchachos con el trofeo de campeones. Es también un carnaval peculiar e histórico, un inicio de año feliz, un buen augurio para la Serie del Caribe y la esperanza de que la pelota tunera seguirá con luz propia, muy bien ganada, en el tiempo por venir.

Las Tunas es música, baile, calor, risa, orgullo, en medio de una noche sabatina fresca. Es pueblo con un hacha en el pecho, verde y triunfal, que exhala feliz las tensiones de los partidos de lujo que marcaron los finales de la Serie. No hay un espacio abierto al homenaje que no esté lleno.

Este trofeo hermoso que ganó su carnaval, creo también el primero de la historia en un mes de enero, hay que retenerlo y repetirlo más. El talento ya está dicho, y la pelota no es cuestión de suerte echada, es entrenamiento, fortaleza y unidad, un equipo. Con todo, vino esta extraordinaria victoria y estar en el lugar cimero desde que comenzó la  58 Serie Nacional del Béisbol en Cuba.