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Por Graciela Guerrero Garay              Foto: De la Autora

En cada surco de su cara hay montones de ternuras y sudores. Son pétalos resistidos a dejar la flor y conspirar contra el rocío, como la mujer- madre arquetipo que tengo delante de mí, con sus manos ajadas por amor y dar vida.

Nadie sabe quién es Catalina Morales Rodríguez, ni los vecinos. Pero “la Negra” sí… y la describen como “incansable, amorosa, servicial, siempre contenta y saludando a todo el mundo”. Para muchos, inexplicable esa energía y fortaleza de madrugar todos los días, coger la carretilla y salir a buscar la leche, la balita del gas, los mandados...

“Yo tengo cuatro hijos, dos varones y dos hembras – dice y los achinados ojos le brillan -. La  mayor, Marilú, y después Pablo, Heriberto y Rosa Milagro. También cuatro nietos, de las muchachitas. A Kirenia la crié yo, vive conmigo, la hija de Rosa; y Yordanka, Arlennyis y Tony que son de la mayor”.

A los 77 años revive el momento primogénito del parto, cuando apenas empinaba los tacones de los 18. No me cuenta, pero descubro en los gestos ese desvelo desmedido que le nace por los niños, más si salen de su vientre.

“Mis hijos son la vida mía y mi nietos igual. Yo digo que los nietos se quieren más que los propios hijos,  porque los nietos son la vida. Ser madre es la vida, la vida…”

La pasión infinita danza con el viento mañanero que retoza entre la plantas medicinales, de jardín y los frutales que llenan el espacio trasero del apartamento donde vive, cuida de la familia y de sus gatos, porque la perra Mariposa es de la casa, mucho más cuando la canina es nieta de Yilot, aquel perrazo guapetón que impresionaba a todos en el barrio. ¡Si se la coge para ella solita…!

“Quiero durar muchos años para tenerlos ahí, al lado mío. Ellos son la vida mía, sin ellos no soy nadie. Es bonito dedicarles un día a las madres, eso es lo más lindo que hay, porque mi madre está muerta y ese día yo la adoro, le rezo y quisiera que estuviera a mi lado. Eso sí, la madre es todo para mí, yo nunca la he olvidado, hace 15 años que murió y todos los días la recuerdo más”.

Aunque no es de quienes “hablan por los codos”, el sentimiento fluye y lo reitera. Es una necesidad no mezclarlo con nada más, sino puntualizarlo.

En toda la entrevista mira a un punto infinito. No está distante, más bien bucea profundo, como hacen las madres verdaderas cuando, por alguna razón, los hijos son la esencia del diálogo o los recuerdos.

No guarda sus consejos. Confiesa haber visto crecer muchas generaciones a su lado y  tener el privilegio de cocinarle siempre al Comandante Fidel Castro en sus visitas a la provincia. Atesora la foto que tiene con él, tomada en una de esas ocasiones, cuando ella trabajaba en la cocina del motel Los Pinos, donde se jubiló después de 37 años de labor en el Partido:

“A los jóvenes les digo que adoren la madre; madre es una sola, y que no la hagan sufrir, porque la verdad es que la madre es la única que hace por uno, la única, pues como dice el refrán, padres son muchos, pero madre es una sola. La madre da la vida por los hijos y sufre por los hijos”.

Recurrente, sus caminos van a esos seres que engendró y les dieron más, para que todavía cuide de una manera activa y constante. Su felicidad es eso, ellos y trabajar. “La Negra” no puede estar sin trabajar. Lo mismo coge un machete y poda sus árboles, que desyerba el jardín y carga un saco de escombros. O lleva la jaba a otra anciana como ella, a quien encuentra en cualquier parte de la comunidad.

“Sí, todo el mundo me quiere, porque yo no me meto con nadie, ni hablo de nadie, ni nada de eso. Al contrario, no me gusta. Yo quiero a mis vecinos igual que si fueran familia, como decía mi mamá, quién es tu hermano, tu vecino más cercano, porque un vecino es como un hermano, porque a veces tú caes en una cama y ese vecino hace por ti, porque tu familia está lejos… por eso yo digo que es un hermano”.

Solidaria, como quien tiene todavía juventud para despertar el sol y desafiar sus rayos.

“No sé de dónde saco esta energía, quizás será que Dios me da ese poder que tengo para hacer todo eso. Nunca estoy brava, para mí todas las personas son iguales; las saludo, sea quien sea, porque creo que nadie quiere ser malo. Creo que uno trae una misión, un destino.  Así es, así es. Las personas sí cambian. Esas personas que andan borrachas o con problemas tienen su alma noble, y cambian, pero es una ley que tienen que cumplir.

“Yo disfruto mi trabajo, nunca dejaría de trabajar. Me encantan los animales, las plantas y hacer esto y aquello… trabajaré hasta que Dios me mande a buscar, eso me hace feliz. Me gusta sembrar maticas de flores, de remedio, para el que sufra un dolor, la tenga. Nunca las he negado a nadie, yo les digo que pasen y cojan lo que necesitan; las siembro para eso, para las que estén enfermas y vengan a buscar un gajito para curarse o aliviar un dolor.

“A las madres le digo igual, que amen a sus hijos y nietos, que esa es la vida de nosotros”.

Y el arquetipo de cubana humilde, de madre de cientos de tuneros por cercanía afectiva o consuelo espiritual, crece. Entonces, su sonrisa se pierde entre las tantas cicatrices de ternura y sudores que marcan su rostro, y la mujer se extiende… es madre y virtud, alerta y ejemplo. Es la vid y la sal, la vida nuestra.