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Por Graciela Guerrero Garay         Foto: De Internet

Quizás sea febrero, la tradición, Cupido o la historia de San Valentín. Tal vez llegue algún soplo de los misterios de Adán y Eva y la pecadora manzana. Puede ser que la vida pactó no renunciar jamás al “dos” ni hacerlo divisible por nada. Quizás tampoco el romanticismo quiso pasar de moda, aunque ahora las claves de su desempeño sean ecuaciones complejas y hasta sin solución.

Todo es posible, menos eclipsar el 14 de Febrero, Día de los Enamorados. Se espera, comparte, es cómplice y hasta resorte para decir, en el leve instante de un suspiro, la pasión escondida por tiempo indefinido.

Sin embargo, para la mayoría “el amor no existe, al menos, no como antes”. ¿Será que cambió él, o fuimos nosotros? Hay cierto desdén por el encanto que trae una flor, una carta o un abrazo. Hay que hacer regalos y, entre más caros, más “prendidos” estamos. ¿…? Recordar, tomarse de las manos y mirar al cielo, buscar la luna y secretear un “te amo” es cosa de viejos, melosos y hasta tontos.

Por suerte, todavía, siempre hay una luz al final del túnel y millones apuestan por el valor de un momento, sin condición alguna. Conversan…. algo tan vital que dicen igual está perdido. No se asombran cuando escuchan que existen parejas que llevan 35, 40 y hasta tantos años que celebraron las bodas de plata una y otra vez.

Es la esencia, para bien de este mundo, donde la muerte es un espejismo igual que la vida, se va pero siempre sigue, justo ahí cuando sonríes frente al detalle que la memoria devuelve intacto, aunque esté lleno de manchas por signos hipócritas, gestos ofensivos, palabras mal puestas, ingratitud, infidelidad, falsos sentimientos, mentiras. Entonces el tiempo te arruga de cualquier manera algo más que la piel y ese rostro, donde parece que la belleza y la juventud solo le dan valía.

 El amor está más allá del erotismo, de un cuerpo “hecho a mano”, de una aventura, de una ilusión o un desengaño. Amor es AMAR, no solo querer. Tal vez ahí esté el secreto de que la humanidad del siglo V antes de Cristo y la del XXI se estremezca, aunque tenga el corazón lleno de cicatrices y la razón le haga repetir mil veces que no va a empezar de nuevo.  

Por eso, puede ser, que cada 14 de febrero no importe el día de la semana. O que la ausencia sea la mariposa en una lágrima, el silencio de las voces queridas, el réquiem de las almas, la añoranza de un hombro, el sostén de las manos. Nada mata el amor, porque en todo hay amor. En el llanto, en la espera, en el beso, en el aire, en la hierba, en los astros… la vida es por él y para él, por encima de “dos” o de cualquier concepto.

Vamos a multiplicarlo sin tapices, medias tintas, rencores, guerras, divorcios, traiciones…. Reguémoslo, como el sol nos alumbra sin pedir nada. No llenemos de oropeles banales lo que nos sostiene y hace el milagro de ser eternamente. No ahora que el almanaque dice que es 14 de Febrero, sino mañana, después, al día siguiente, el minuto entrante, la hora que no sabremos si llegaremos a vivir.

El amor es AMAR… amemos.