20171228211855-fin-de-ano1.jpg

 

 

Por Graciela Guerrero Garay  

Faltan horas para que el almanaque del 2017 pase a ser un objeto del pasado, tal vez con la peculiaridad de que guarde muchos recuerdos en presente y esté marcado, para muchos de nosotros, como un año inolvidable, no exactamente desde la alegría o la tristeza, sino desde ese ángulo existencialista donde la vida es un espiral con sus blancos, sus negros y sus grises.

De cualquier modo, fueron doce meses donde respiramos y soñamos, estudiamos y trabajamos, tuvimos éxitos y fracasos, risas y lágrimas, amigos y enemigos. Un camino que estamos a punto de dejar en el tiempo para hacer otro mejor, el que se acerca y queremos –porque queremos- supere lo bueno y lo malo que nos ocurrió. Pero nada sucede por arte de magia.

Las veredas, trillos y senderos del 2018 serán de paz, amor, triunfos, armonía, prosperidad, salud, alegría y bienestar en los más altos conceptos humanos si cada quien, donde esté, hace algo por sí mismo y por los demás para que acontezca.  Recogemos lo que sembramos y está probado que la energía es el elixir del mundo, y hasta el pensamiento cuenta. Urge, pues, multiplicar las ideas y las acciones positivas.

Muchos hechos con signos negativos hicieron heridas imborrables en la historia de los pueblos y su gente en este calendario, al que faltan pocas cruces para llegar a su fin. La naturaleza se encargó de devolvernos lo que no le respetamos. El terrorismo y la locura malsana de unos cuantos llenaron de luto a familias y sociedades. Las enfermedades y la muerte hicieron de las suyas, como la ambición, el hambre y el abuso deshonesto del poder.

Con frases bonitas y huecas no viene la esperanza. En las manos y el corazón del hombre – léase especie – anda ese mañana de luz que deviene catarsis cuando el reloj, en el simple almohadón de un segundo, nos abre un nuevo año.  Los tuneros formamos parte de esa amalgama que teje el día a día y, si en muchos aspectos se avanza, hay que reconocer que todo pudo ser mejor y no sucedió.

Los bajos salarios no deben ser el freno para producir con calidad y propiciar la corrupción y el desvío de recursos. Es una cuerda floja difícil de aceptar cuando la economía doméstica – generadora de los estados anímicos  y el comportamiento de las familias- pone en tres y dos el juego del esfuerzo y los resultados, el mejoramiento de la existencia y la consumación de las metas y las necesidades personales y colectivas.

Sin embargo, en el trabajo – dicho a voz alta por las instancias del Gobierno- está el crecimiento de la riqueza y con ella el gran sueño de un socialismo próspero y sostenible. Vale que esta meta resalte en las prioridades de todos, a pesar de que las cuentas no den frente los mostradores estatales y particulares y esperemos la “subida” de los sueldos y la baja de los precios.

En fin, hermanos, llega el 2018 y la tradición de que lo malo se vaya y llegue un anuario mejor es una petición que vuela con el viento y se ilumina en el brindis de las 12 campanadas. Vamos a tomarla bien a pecho y dar gracias por cuanto nos hizo crecer entre los “peros y contras”. Llenar de vibras saludables el renacer de un nuevo año es más que hermoso.

Entonces, desde estas páginas donde palpita mi Balcón del Oriente de Cuba, les digo ¡FELICIDADES!, con esa voluntad de construir un mundo más nuestro y donde la alegría de vivir sea el sol de cada amanecer. Bienvenido el 2018… vamos a andar…