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Por Graciela Guerrero Garay

El hombre, evidentemente ebrio, lanzó la botella de cerveza y llenó de vidrios rotos la calle Vicente García, casi en la esquina con Julián Santana. Eran las tres de la tarde del sábado 14 de octubre. No ocurrió nada más que el asombro silencioso de quienes, a esa hora, transitaban por allí y fueron testigos del hecho. Ninguno de los que acompañaban al comisor se movió del grupo. Los hirientes cristales quedaron a la espera de la posible víctima.

Pensé en Silvio Rodríguez y su “ojalá pase algo que te borre de pronto…”, porque el tema de las indisciplinas sociales necesita con urgencia “una luz cegadora” y “un disparo”, pero no exactamente de nieve. El “cántaro” va muchas veces a la fuente y no se rompe. Es como si viviéramos en una sociedad salvaje, sin normas ni leyes.

Cada quien hace cualquier cosa donde le parece, desde orinar detrás de un árbol hasta ir contra el tránsito. Los días festivos sirven para guiones de películas de terror como comedias, todo es directamente proporcional a la catadura moral de individuos o grupos, o la gran “ideota” que se les ocurra sin distingos de edades ni sexos.

Lamentablemente siempre hay jóvenes implicados en los desórdenes callejeros, marcados por griterías que hacen saltar de la cama a un vecindario. Al estilo del oeste del siglo XIX, resaltan las competencias de los cocheros, a quienes no les basta llenar las avenidas de estiércol, violar las tarifas establecidas, aprovecharse de las prisas cotidianas, lastimar a los caballos y llevar más pasajeros de lo permitido. Los fines de semana es cuando es, al calor de las programaciones recreativas.

Unas veces más y otras menos, las violaciones al orden público son recurrentes y parecen un mal sin remedio que irrespetan, incluso, la presencia de los agentes de la Policía Nacional Revolucionaria porque la violencia verbal o la agresión suceden en cualquier sitio. Ya son visibles hasta las trifulcas en los ómnibus locales.

Muchos achacan estas manifestaciones a la pérdida de valores. Sin embargo, la tolerancia y la complacencia, in crescendo en las últimas décadas, lleva su parte de culpa en estas conductas sociales. Sucede lo mismo que con el silencio – o la no denuncia- que nos convierte en cómplices y, a la postre, también en responsables indirectos de cuanto acontece, al tiempo que les “otorgamos” impunidad a los transgresores y se corre el riesgo  de que se envalentonen y campeen por su respeto.

 

La mala hierba se arranca de raíz. Urgen leyes que miren la sociedad a la altura de la realidad presente y tipifiquen, desde el Derecho, los delitos y las indisciplinas que laceran la tranquilidad y seguridad ciudadana.  Hay que enseñar a respetar los espacios comunes, públicos, privados, desde las salas de los tribunales si es preciso.

La evidencia dice que la persuasión, las campañas de propaganda y publicidad y el abordaje del tema en diferentes plataformas de análisis, incluidas las reuniones barriales y oficiales, no traen de vuelta los resultados esperados. Al contrario, cada vez son más fuertes las manifestaciones de las partes blandas de este asunto y, quizás lo más inquietante, es que hasta los niños dan señales de haber perdido la cordura.

El grado de instrucción y el acceso a la escolarización, masiva y gratuita, no significa de por sí que seamos cultos y educados. Todavía falta mucho para acuñar esas virtudes en el día a día, un filtro donde la práctica habla y anula normas, procedimientos, voluntades y políticas. Las indisciplinas sociales nos golpean y, a veces, ante tanta contemplación individual, colectiva y legislativa me pregunto si será un mal sin remedio.