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Por Graciela Guerrero Garay        Fotos: Virginia Flores

Corre con la misma agilidad de hace casi 27 años, cuando marcó la novedad de la ciudad, aunque no ande con colores nuevos ni rompa el silencio con los interrumpidos pitazos que simularon entonces fuegos artificiales, en medio de un período especial donde el transporte público comenzó a tragárselo la telaraña de las carencias y los ómnibus locales desaparecían poco a poco.

Es un “abuelo” de hierro inconfundible, cuyo caminar sobre rieles en los lejanos 90 del pasado siglo lo convirtieron en el primer tren urbano de Las Tunas y el único de Cuba. Desde entonces, con muchos esfuerzos e innovaciones para mantenerlo, lo esperan como el primer día cientos de obreros, estudiantes y lugareños.

Hasta hoy retiene la “medalla” de ser el único de su tipo en la Isla y recorre unos 12 kilómetros, en un recorrido que beneficia y acerca a los viajeros a los barrios periféricos, así como a centros de trabajos y estudios distantes del polo capitalino, una alternativa bien recibida dadas las características suburbanas de la localidad y no estar creadas las condiciones geo – sociales que permitan llevar a la par el desarrollo integral de esas zonas.

Por ello, seguramente, esas mañanas que algún desperfecto técnico le impide llegar a la parada con el pitazo de los “buenos días”, las gente se desanima ante los contratiempos que les trae su ausencia, y salen a buscar los porqué del hecho y reclaman la solución que facilite cumplir los itinerarios del viaje imprescindible.

El “abuelo”  de hierro en sus 13 paradas intermedias recorre de extremo a extremo esta capital Balcón del Oriente Cubano y, para suerte de la gente de estas tierras, sale muy cerca de la terminal de ómnibus nacionales, se detiene frente al complejo de la Salud ( hospitales pediátrico y provincial, Universidad de Ciencias Médicas, Clínica estomatológica, Psiquiátrico, Impedidos Físicos, Hogar de Ancianos y Banco de Sangre), continúa por el reparto Santos – muy populoso y con importantes centros docentes -, hasta llegar a la zona industrial y finalizar en las cercanías del motel El Cornito, en el extremo oeste de Las Tunas.

La grandilocuencia de Yamilé  Ramírez puede resumirlo todo: “¿El trencito?, cuando falta yo me muero. Su recorrido no lo hace ninguna guagua. Imagínese que yo trabajo en la zona industrial y lo cojo delante de mi casa, y me desmonto en la puerta de la fábrica.”

Considerado quizás el  transporte  más barato del mundo – cuesta solo 20 centavos en moneda nacional-, este carro automotor urbano debe rondar o superar los cinco millones de personas  transportadas en sus años de bordear la ciudad con la música propia de un centenario de hierro, todo un personaje a quien no dudaría  darle el sello simbólico de hijo ilustre de este Balcón, pues bien lo merece y gana cuando el sol apenas es una pelota de vida tibia en el horizonte.

Ahora mismo, entre los cantos de los gallos y los tuneros que se mueven a buscarle las piezas al rompecabezas cotidiano, llega él, pitando y haciendo posible que miles de tuneros vayan a estudiar y trabajar… y eso, cada mañana, es parte de los detalles que ennoblecen la existencia y denotan el anónimo sudor de los más que hacen historia. Una historia invisible a los diarios porque vive justo en el corazón de la gente común.