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Por Graciela Guerrero Garay         Fotos: De la Autora

La alegría le desborda en esa mirada con halos de misterio con los cuales parece envolver todo cuanto mira. Es doblemente feliz y se entrega sin ingenuidad al disfrute de su doble fiesta. Acaba de vencer los primeros cuatro meses de su carrera como maestra, en la especialidad de Educación Especial. Los quince son el complemento de sus sueños.

Es libre. Sonríe. No importa que al decir su nombre en cualquier parte de esta isla la gente recuerde a la otra Isaura, la esclava bien sufrida de la novela brasileña La Esclava Isaura, muy popular aquí, como la mayoría de las producciones del sello TV Globo.  Por suerte, no es solo la niña linda de la casa y la familia. Su historia es diametralmente opuesta a la de la popular protagonista.

“Son muchas cosas las que siento. No solo es cumplir mis quince años, lo que toda muchacha quiere. Soñé ser maestra. Me gustan los niños. Mami no estaba muy convencida. No siempre se habla bien del beneficio de ser maestro, pero yo no quiero otra carrera y me decidí por la educación especial porque, sin exageración ninguna, esos niños con problemas me hacen transformar. Soy otra cuando estoy con ellos”.

La miro. No parece una joven quinceañera. Desde su rostro hasta la seguridad de las palabras denotan madurez. Es fuerte y tierna. Quizás las virtudes que más necesiten quienes apuestan por convertir sus vidas en un evangelio vivo.

Las prácticas docentes en la escuela especial Jorge Aleaga, si había dudas, se la quitaron todas. “Son niños divinos. Te besan en las mañanas, te dicen “maestra” con una ternura infinita. Estoy loca por volver de nuevo al aula, con ellos…”

Arairis Camejo, la mamá, bebe sus gestos y palabras con ese orgullo materno que las madres tejen al borde del cariño y los deseos de que sus hijos vayan bien por el mundo. Confiesa que le hubiese gustado que eligiera otra carrera, tal vez en el campo de las ciencias exactas o las ingenierías. “Pero estoy orgullosa y la apoyo en todo. Su padre es campesino en una cooperativa en Villanueva, y yo soy ama de casa. Los dos juntos la ayudamos, porque su pasión por la escuela nos gana.”

Isaura Gómez Camejo es una de las más de mil muchachas y muchachos de Las Tunas que todos los días van al oeste de la ciudad y llenan de luz la escuela pedagógica Rita Longa, donde estudian los futuros maestros de la Educación Primaria en la provincia. 

La familiarización con la carrera “me hizo enamorarme más de ella. En verdad no se porqué a los jóvenes no le gusta el magisterio, porque es una carrera muy bonita y uno siente a diario la recompensa. Es algo grande poder enseñar a los demás”.

Vuelve a sonreír y regala esa juventud que está en su punto clímax, donde el vigor de los años minimiza desafíos y permite entregar toda esa energía positiva a niños y niñas con dificultades diversas en el proceso de aprendizaje. Isaura lo sabe y riega amor en cada clase y hora de estudio. Será una gran maestra, esa que deja huellas para toda la vida. La educación especial en Las Tunas tiene ya sus diamantes del futuro.