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Por Graciela Guerrero Garay        Fotos: De la Autora

Como tengo la oficiosa manía de acreditar todo cuando escribo, esto de ahora no se escapará de la lupa de la asunción, más cuando quiero de algún modo cumplir con la vieja promesa hecha a una amiga de poner, al menos, las carátulas y algunas partes de mis obras, sobre todo Sonrisas de Caracol, publicada por la Editorial Sanlope, de  Las Tunas, poemario infantil que tuvo para mí una significación enorme por el tiempo que llevaba guardado en una carpeta del computador.

Además, eran sueños dormidos de esa niña que uno lleva dentro y trata de salvar a cualquier precio cuando la vida, de porrazos afilados, trata de  matarla con aquello de que ya estás grande y la fantasía pasó de moda, porque la poesía es asunto de tontos y los chicos de ahora solo les interesa el reguetón. Nada más incierto y mediático en este mundo, donde jamás morirá el sentimiento primario del hombre, por más que le inventen la “matrix”, traten de ignorar al arcoíris y algunos apuesten por desaparecer las flechas de Cupido.

Siempre alguien estrenará  “colores”  en la cara ante el verso bien hecho, la rima de amor y el poema que ilustre el más leve sentido de vivir. A los pequeños hay que mostrarles  eso, las siluetas de la luna, los camellos del tiempo, los perfumes del aire… para que miren su entorno y no peguen los ojos en el suelo.

Debe andar suelto el compromiso de regar versos y rimas por las cuatro puntas de la calle y ponerlas a los pies de los más jóvenes para que después no quede aquello de que los adultos del siglo XXI guardaron bajo llave los mágicos embrujos de la imaginación y, poco a poco, influyeron en que la generación de época gustara solo del despotismo ilustrado.

En fin, hay que seguir creando poesía infantil, más intimista, más pura, más ingenua, más dada a la flor y las neblinas, los caballitos de mar y mariposas, para que al menos, en versos, los bisnietos de mis tataranietos conozcan ese maravilloso insecto  lepidóptero porque, al paso que va la sequía y el cambio climático no dudo sea un milagro encontrarlas por los hierbales en el siglo XXII. Por aquí, en mi terruño donde perseguí tantos “reyes y reinas” y huí de las ranas, ambos escasean a tal modo que la primavera, no siempre, nos devuelve sus huellas.

Por eso Sonrisas de Caracol fue y es un desafío para mí misma. Diva Desnuda, mi poemario para adultos publicado por la Editorial Glorieta, en Florida, es un camino largo de encuentros y desencuentros, de despertares y pesadillas, mi primicia en el mundo de los poetas. Un “yo” con muchas voces, donde el reto es que la gente sufra o cante conmigo, atrape al ángel del apocalipsis o se muera de risa con el imposible de un te quiero. Ahí está.

Letra Viva, al editarme con excelente factura mi primera novela testimonio, Un hombre sin sombras, la primogénita de mis obras, hizo que me sintiera como Alicia en el país de las maravillas o Gulliver en el país de los enanos. Es una historia real, sin liturgias metafóricas, de la vida del preso político Pedro Rodríguez Medina, un cubano nacido en La Habana, dentro de una familia adinerada y burguesa y vinculada, por sangre paterna, al gobierno del dictador Fulgencio Batista. 

Cómo se desarrolla su infancia y toda su existencia, los más de 20 años en cárceles cubanas, el indulto y la partida hacia a los Estados Unidos, donde vive momentos no menos dramáticos y que lo hacen entender con más firmeza las verdaderas esencias de los grupúsculos que, en el exilio, atacan a la Revolución  Cubana y a Fidel Castro, y donde, exactamente, su teoría del cambio, concebida desde sus años en prisión, le hacen confirmar rotundamente lo que ya el venía sintiendo como una proyección ideológica, tal vez sin querer, dentro de sus sentimientos nacionalistas y martianos.

Un Hombre sin Sombras revela destalles, contiendas, pasajes e información confidencial de la batalla silenciosa y con voces, y rostros anónimos y conocidos,  de lo que sucede desde 1959 hasta hoy en el sur de la Florida. Este libro, sin dudas, es una muestra real y concreta de la guerra fría y la metamorfosis de la existencia de un hombre y el poder de términos tan loables como identidad, Patria y Nación. Su lectura, según críticos, profesionales y cubanos de a pie, es tan vital como el pan de cada día.

A la espera de una reedición en mi terruño, esta novela es el gen, a mi decir, de un género donde ya tejo una segunda parte y tengo otros dos en proceso de redacción, junto a otros libros de cuentos infantiles y poesía los cuales cuando apague la velita del 2016, entre metas y retos del 2017, está bien calentito terminarlos. Y ¡Zas! se acabó este réquiem por mi misma.