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No hay adiós en la eternidad del alma

No hay adiós en la eternidad del alma

 

 

Por Graciela Guerrero Garay

Comandante, estás bien cerca de llegar a tu indómito Santiago. Al Olimpo de los Héroes. Al inmaculado lugar donde la muerte es un grito de la vida. Por suerte, no tenemos que decirte dónde estás Fidel, porque supiste multiplicarte desde todo y para todo, con fisil y sin fusil, amor y fortaleza. Tu gallardía bastó, siempre, para ahogar la voz y humedecer las manos, y luego, con la mirada erguida,  avivar el combate.

No puedes partir al cono de los muertos. Lloramos tu ausencia y no por esperada la noticia, tu muerte nos cayó como un plomo artillero, tal como hiciste en el Moncada y multiplicaste por la Bahía de Cochinos.  Lloramos… no queremos esta sacudida del cuerpo y los sentidos. No queremos mirarte en la distancia. Es muy difícil no encontrarte ahí, con tu sabiduría exacta, previsora, como el más venerado de los ancianos nuestros!

Hemos perdido al padre que levantó imposibles y nos tendió sus manos. Hay un vacío gigante, irrellenable. El silencio no es pausa, es un dolor profundo. ¿Dónde esconder tanto de todo?, si tenemos el grano de maíz y la alborada, el camino intachable y el honor de guiarnos, el amor infinito de toda tus pisadas. ¿Cómo aceptar la muerte, si estás vivo en los ríos que corren, en las tierras que paren, en la gente del monte, en la de todas partes? Tu ternura fraternal, humana y compañera palpita por doquier… es quien soy, lo que es aquel… es la escuela, mi barrio, los centrales… Hay que repetirlo, eres todo, sin egos ni rangos, sin jactancias simétricas ni olvido.

Muchos no entienden, pero son menos, muchísimo menos que los que hoy encienden velas y riegan flores por los cinco continentes. Son nada, absolutamente nada, ante quienes con lágrimas confiesan las torceduras que sienten en el pecho.  Se esfuman ante este pueblo erguido y silencioso que en Las Tunas, como por todos los rincones de la Patria, desfilaron y te acompañan en ese reto interminable al que le diste nombre: Revolución.

Fidel, nuestro enorme y ejemplar Fidel. El hombre que inclinó su estatura para besar a un niño. El soldado de primera fila, el maestro que salvó de la ignorancia a sus hermanos, aquí y por el mundo. El Comandante fiel, cariñoso, sencillo. El ser humano justo, compañero, hacedor de sueños, esperanzas, justicia. El guerrillero de los desposeídos y los marginados. El campesino, el obrero, el doctor, el amigo. El inquieto por las desgracias ajenas y las nuestras, aunque oliera a utopía resolverlas. Fidel…nuestro eterno Quijote de luz clara.

No hay que dar orden alguna, no hace falta. Te quedas, Comandante, en esta fila interminable que espera tus cenizas a lo largo de la carretera. En estos miles de corazones que laten a tu paso. Eres el sol, la semilla, la mostaza. Eres el verbo y la risa. El pasado, el presente y el futuro. Volverás al  Granma y regresarás resplandecido desde lo alto de las palmas y las lomas. Para ti, Fidel, no se puede escribir en pretérito ni obedecer el ritual de la Gramática. Solo cabe el plural, el nosotros, en esta dimensión que nos enseñas.

¿Cómo decirte adiós?...si acá andan por cientos los uniformes verde olivos. Hay millones de libretas y lápices. No sé qué cantidad de hospitales y escuelas, barrios nuevos, montes con electricidad, mujeres dirigentes, niños y jóvenes que no pagan un kilo por la atención médica, ancianos llenos de la fe que le inculcaste…

No partes, mi eterno Comandante, aquí no más hay una escaramuza. Tus huellas andan de misioneras por todas las paredes, hacen promesa de esta triste mañana. Está la estrella… y la victoria existe y la consigna es  cierta. Y tu voz no se apaga porque viene en el viento, es un golpe de lluvia y un tocororo nuestro... porque eres Fidel para todos los tiempos y este nudo, caramba, que aprieta estas cuartillas es el puño de miles, de millones, en tu puño de gloria, Comandante. 

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