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Por Graciela Guerrero Garay        Fotos: de la WEB

El viernes en Las Tunas hubo un día gris. Justo cuando ya la noticia circulaba por los medios, llovía. Nadie quería dar crédito a nada. Parecía una campaña más, de las tantas que le hicieron en sus 90 años y sus más de 50 de Presidente de Cuba. La alocución breve, dolorosa y real de Raúl Castro paralizó el curso de la noche: Fidel ha muerto.

La frialdad del 25 de noviembre no se quedó en la piel, fue hasta el alma. Los ojos de mis vecinos, el teléfono sonando, unos para confirmar y otros para repetir lo que parecía una pesadilla, tejía, entre la humedad del iris y el “coño, no puede ser”, una cadena de amores donde no cabía el luto y la certeza.

Otra vez Cuba se vistió de negro, así no más. En el eterno misterio de un minuto. En esa dimensión humana donde la verdad se rechaza y preferimos la mentira, aún cuando sabemos que los mortales somos eso, hijos adulterados de la muerte. Por mis alrededores, pocos durmieron. Una manera nuestra, cubanísima, de estar juntos a los que amamos en todos los segundos.

El Comandante Fidel, nuestro padre espiritual, el líder excelente y humano, el previsor, quien quitó la sangre de las calles y convirtió los cuarteles en escuelas, ya no podía regalarnos un día de Reflexiones o invitarnos, con verbo en voz, a la próxima batalla. Yo lo quería ahí, viejito, pero ahí, me dijo Julia La O, una de aquellas muchachas que él le abrió horizontes con el proyecto Ana Betancourt para mujeres campesinas.

Es verdad que está muerto el Comandante, pero otra vez la muerte no puede con nuestros recuerdos ni esperanzas. No puede llevarse el corazón ni las ideas. No puede quitarnos la memoria. Otra vez vuelve a ser mentira, pura mentira. Infinitamente, como el cielo y el sol, hora a hora, siglo y siglo, Fidel es Fidel.

Multiplicado anda ahora mismo por esos soldados que cuidan la frontera, por los faros que anuncian nuestros puertos, en los niños que nacen, en los abuelos que tienen una pensión, modesta quizás, para paliar la vida. En todo, Fidel anda en todo. Jamás podrá irse. Es la palma, el tocororo,  la Sierra, la historia, es Cuba, caramba, es Cuba. Tal vez no fue casualidad ni coincidencia que partiera al Olimpo, justo el día en que salió el yate Granma de Tuxpan, México, para traer la luz a su Moncada.