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Por Graciela Guerrero Garay      Foto: Tiempo21

Busca tierra buena es una frase que escucho desde la niñez, sobre todo cuando a una se le ocurre enamorarse de una planta de jardín y quiere llevarla en un tiesto al balcón de la casa. El problema de la calidad de los suelos es milenario y, su degradación, a criterio de especialistas, es un proceso complejo donde factores naturales o la mano del hombre ponen granos de arenas a la pérdida de su capacidad productiva.

El tema de la producción de alimentos, la intensa sequía y la calidad de las frutas y vegetales que en estos años pongo sobre mi mesa – muy diferentes hasta en el sabor a los que traía mi padre del conuco (unas 12 rosas en un lugar llamado San Antonio, del municipio Jobabo) en la década de los 60-, me llevaron a husmear sobre qué tierra piso. La respuesta sembró más inquietudes de las que tenía: en la actualidad más del 40 por ciento de los suelos cubanos presentan afectaciones por erosión. Y esta realidad lleva a la disminución del rendimiento agrícola.

Aunque no creo que sea la única causa que impida sacarle al campo jugosas cosechas, una información de Tiempo21 – el portal de la Radio en Las Tunas- señala que estudios realizados  en esta oriental provincia aseguran que más del 80 por ciento del fondo de tierra, superior a las 477 mil 893 hectáreas, tiene afectaciones de diversos grados. Es decir, donde vivo hay un eterno problema con los suelos.

El equipo multifactorial encargado de la investigación corroboró que los principales daños son la erosión, el drenaje, los problemas de pendientes, la salinidad, poca profundidad efectiva, acidez y baja fertilidad natural.

Las causas apuntan, naturaleza aparte, al hombre, quien es  responsable, en mayoría, de los incendios forestales, la insuficiente adicción de materia orgánica y la carencia de una cultura ambiental en función del aprovechamiento y empleo de los productos biológicos.

Capacitar a los campesinos y a usufructuarios de tierras ociosas es una de las tantas medidas adoptadas en Las Tunas para tratar de revertir los dañinos efectos causados a los suelos, los cuales también se benefician con el drenaje, la siembra de cultivos de cobertura que incrementan su fertilidad y con el arrope, entre otras como la surca contra la pendiente, y el fomento de fajas hidroreguladoras en las proximidades de ríos y presas.

Con todo, no acabo de convencerme si con ello podrá revertirse en algún grado posible el daño que tiene la tierra donde vivo, pues otras indagaciones me muestran que el 28 por ciento del territorio está marcado con la desertificación, “un problema medioambiental que tiene como causas fundamentales los cambios en los patrones lluviosos y el manejo inadecuado de los suelos”, apunta Granma en una información a mediados del año pasado. Desde entonces acá llueve muy poco, debo seguir con las alarmas.

Me sumo con mayor fuerza, entonces, al criterio del Máster en Ciencias Amado Luis Palma, especialista en Gestión Ambiental en la Delegación del CITMA en Las Tunas,  de que en ocasiones es poco valorado este recurso, un indispensable elemento para la vida humana. Si la naturaleza necesita por lo menos 100 años para producir un centímetro de suelo, nosotros, sin peros ni alternativas, tenemos que agarrar más este asunto de raíz. Es cuestión de vida o muerte. Ya no tengo dudas. ¿Dónde voy a encontrar “tierra buena” para mis plantitas de jardín?