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Por Graciela Guerrero Garay       Fotos: De la Autora

Camina lento, pero no anda con la mirada perdida. Cumple una de las tantas rutinas mañaneras que le obligan, de cualquier modo, a empinarse sobre el dolor de los huesos y andar. Desde que perdió a su compañera no fue más al Círculo de Abuelos. Es una manera de evitar otro hipo de tristeza, pero irremediablemente no puede. Se ha dicho a sí mismo que volverá y tendrá que hacerlo.

“Tata” es uno de los 87 mil 200 tuneros con 60 años o más, en una de las provincias con  altos índices de población envejecida, una realidad convertida en reto desde la misma casa, pues no siempre la familia puede dejar al anciano bajo el cuidado de alguien. Este amigo, por suerte, está bien saludable a sus 75 años y encontró en el trabajo por Cuenta Propia una manera de sentirse ocupado y útil.

La tradicional bebida traída por los haitianos, conocida como el Pru oriental, es para él su mejor aliado. Jaranero y locuaz, cuenta: “Hago ejercicios caminando con la mini carretilla por la calle. Hablo con quienes me compran, tengo mis kilitos de más y se me va el día sin pensarlo mucho”.

Como él, cada quien tiene su historia y una certeza común: ser adulto mayor no es una mala palabra.  Para la dirección provincial de Salud en la provincia la inserción en el programa de los Círculos de Abuelos es una herramienta básica, pues nace y se lleva a vías de hecho en la misma comunidad,  a través de los Consultorios del Médico de la Familia y los especialistas del Instituto Nacional de Deporte y Recreación (INDER).

Unos trescientos cincuenta profesores de Educación Física participan en la atención directa a estas personas mayores, las cuales abarcan un universo de más de ocho mil en las distintas circunscripciones del territorio, casas de abuelos y centros de trabajo cuya empleomanía clasifica entre los indicadores de envejecimiento.

Darles una calidad de vida mejor a través de los ejercicios físicos, evitar o controlar el sedentarismo, enfermedades y dolencias son objetivos medulares de este programa de atención, el cual proyecta además mantenerlos activos, con capacidad muscular y resistencia para enfrentar el trabajo y esta etapa de la vida desde una posición saludable mental y corporalmente.

Aún con todo, muchas limitantes sociales encuentran todavía los ancianos en el andar cotidiano  como las llamadas barreras arquitectónicas,  un tema que no se resuelve con buenas voluntades, sino con la consciencia institucional de que una población envejecida es un reto  integrador y no exclusivo de organismos como Salud Pública.

El acceso al transporte público, por ejemplo, es una esfera necesaria en el colimador de estos programas que priorizan la calidad y mejoras de vida de nuestros abuelos, quienes sin dudas reciben atenciones especiales y son amados por la mayoría de las familias y la sociedad, pero eso no significa que el camino requiera de análisis más realistas y visiones más largas, pues Cuba en el 2025, según estimados, tendrá el 25 por ciento de su gente con más de 60 años. En Las Tunas, en el 2030, casi uno de tres habitantes portará 60 y más.

“Tata” es feliz y se sabe útil, necesario y fuerte. Para él ser adulto mayor no es una mala palabra. Recibe su pensión, tuvo la posibilidad de reincorporarse y finalmente decidió asumir el cuentapropismo. Disfruta la vida desde su altura y es feliz en ver las semillas de su huerto hogareño. Sabe que la vejez es un proceso virtuoso y con encantos propios. Definitivamente hay más flores que espinas. “Ahh, mi nombre es Leonel, pero mis nietos me dicen Tata. Yo soy Tata”. Y se quita la gorra como para que le vea las canas. Cierto, la vejez no es una mala palabra y mucho menos un cono oscuro para cultivar tristezas.