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Por Graciela Guerrero Garay  Foto: Cubadebate

Cuando en la década de los 90 regresaban de vacaciones los médicos que cumplieron las primeras misiones humanitarias en Haití y traían a sus familias útiles del hogar y objetos personales que, en los momentos del Período Especial, resultaban panaceas a ojos vistas, quienes se arreguindan hasta de un hilo para desacreditar a Cuba empezaron, dentro y fuera del país, a decir que la nación haitiana era mejor y “eso que estaba clasificada como la más pobre del mundo”.

Nuestros colaboradores no tenían, por supuesto, esa percepción malsana y ubicaban las cosas en su lugar, sin dejar de reconocer que la mayor parte del comercio allí era foráneo. Las comunidades haitianas son muy pobres. Los galenos cubanos empezaron a cambiarle la vida y los indicadores de muerte por insalubridad bajaron desde entonces. Es una perogrullada irrevocable.

El huracán Matthew vuelve a poner sobre el tapete el quid de las diferencias. Una información acuñada por la ONU, difundida en Cubadebate y tomada de Democracy Now/ Prensa Latina, indica que la cantidad de muertos por el devastador ciclón supera el mil, en tanto los haitianos luchan contra una epidemia de cólera en aumento y las autoridades  cavan fosas comunes para los fallecidos. Los funcionarios de la ONU aseguran que casi un millón de personas necesita ayuda humanitaria con urgencia.

Los municipios al este de la oriental provincia cubana de Guantánamo sufrieron igual el azote demoledor del huracán, catalogado como uno de los más violentos en los últimos nueve años. Todos sabemos los enormes daños que sufrió el fondo habitacional de Baracoa, Maisí e Imias. La evidencia gráfica de periodistas y personas de esos lugares habla por sí misma. Sin embargo, no se perdió una sola vida en ninguno de ellos, habitados por gente sencilla, campesinos, que viven con modestia y en casas vulnerables a la fuerza anormal de los vientos.

Cuba no es rica. Todavía en la mayoría de las zonas rurales predominan los terraplenes de tierra y los hogares con techos de guano, zinc, fibrocemento y madera. El quid de la diferencia está en que apenas pestañea algún ojo huracanado por el mar, hay un seguimiento serio y se empiezan a adoptar las medidas que, fundamentalmente, salven las familias. La organización político - administrativa de la sociedad, desde el barrio con los Comités de Defensa de la Revolución, los Consejos Populares y la Defensa Civil son el eje de este trabajo ágil y responsable.

Cuando Matthew entró a Baracoa ya los baracoenses estaban protegidos, aunque fue inevitable que las casas cayeran y las sostenidas rachas de vientos lo movieran todo. Y si de brotes epidémicos se trata, el celo es mayor a pesar de la existencia del dengue, el zika, el cólera y las enfermedades respiratorias, controladas por demás y casi de obligatorio ingreso una vez detectado el paciente.

En Las Tunas, por ejemplo, ya no se fumiga, pero los controladores de vectores nunca dejan de visitar el barrio y echarle Bactimec a los depósitos de agua, vivienda por vivienda. De descubrirse algún pozo contaminado, sea estatal o privado, se clausura en primer orden; luego los análisis y después, el chequeo, reuniones y control hasta el agotamiento. Si  lo sabremos quienes debemos difundir las orientaciones al pueblo.

Matthew y cualquier otro evento natural anunciado o imprevisto – como la actividad sísmica de los últimos tiempos en Santiago de Cuba – siempre hará diferencia con los cubanos, porque hay una cultura preventiva y una organización civil y gubernamental que permite llegar donde, en condiciones normales, ni se piensa muchas veces. Lo otro es igual de cubanísimo: solidaridad, confianza y evidencia de que nadie está solo. El paso de éste y otros huracanes furiosos lo demuestran al dedillo. He aquí el quid de la diferencia con los hermanos de Haití.