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Por Graciela Guerrero Garay    Fotos: De la Autora

A veces, si no las más, siento que vivo en una ciudad cansada. En mi ¿imaginario?, entre la pesadumbre del sol o la incomodidad del polvo que arrastra el viento, extraño las flores. Pienso en la sequía, pero renuncio a que este fatalismo objetivo me prive de caminar entre el éxtasis que desgranan esas multicolores plantas emisoras de alegría y amor, mientras esquivo los baches y los carros por la ausencia de aceras.

Es una suerte que todavía exista alguien empecinado en conservar a capa y espada los jardines de su casa en los barrios, donde la rutina me sabe a conformismo y apatía. O no haya muerto el galán de noche que una vecina sembró en la jardinera del edificio para cambiar los olores de la cuadra. Otras, acuño que los decisores de dar colorido a la urbanización solo piensan en los grises y el otoño y, quizás, nunca le florecieron las ideas del espiritualismo del paisaje o van de prisa entre cristales de ruedas, sin percatarse que ya no tenemos mariposas y las abejas se salvan por las campanillas silvestres.

En mis tribulaciones no puedo detener la mente y no sé como mi nieta le explicará a mis bisnietos y tataranietos que hay rosas blancas, amarillas, rojas, tulipanes, azucenas, gardenias, vicarias, siemprevivas… ¡porque cuestan tan caras (cuando hay) en el mercado! que, ante el impulso de llevarlas para armar un necesario glosario de botánica, el monedero alerta del viandero vacío, la merienda de la noche y el “plato fuerte” de la tarde.

Tampoco se si le dañaría la psiquis con llevarla hasta los puntos de venta y mostrárselas ahí, sin regalarle una a pesar de que salió bien en las pruebas y mejora la disciplina. Todo un rompecabezas donde al final la ficha perdida no aparece y dejo sin respuesta la persistente pregunta: ¿cómo se la ingeniaron mis abuelos y los abuelos de todos los abuelos para, sin tantos fertilizantes ni regadíos modernos, conseguir las semillas que nacieron en los parques, las calles, los bordillos de las carreteras, el monte y los espacios más periféricos de cualquier ciudad?

Las sombras… ¡vaya manera de encontrar la de mi misma!, pero ninguna de framboyán, laurel, algarrobo, álamo, ceiba, almendro… cuando el verano casi es el rey de todas las estaciones y anda de intruso hasta en los meses invernales.  Rutinas, las cuales presiento devienen hábitos inhóspitos para las almas más sensibles y la ciudad se adapta a sus ecos, tal como mis memorias se revelan ante la ausencia de una floresta diseñada para armonizar la vida y espantar la nostalgia.

Tal vez por eso muchas chicas no sepan cómo es la divina sensación de ser enamoradas con flores, y los chicos estén impelidos a hacer pininos en los bolsillos paternos para desarmarlos ante un posible “no tengo” y, después, correr a las tiendas a comprar un carísimo regalo, no siempre por la calidad sino por el precio.

La primavera está a las puertas y San Pedro quizás recuerde que las flores forman parte de la esperanza y el Olimpo, y las sombras son urgencias en una isla tropical y cálida, donde el oriente sabe a fuego y sus habitantes caminan y viven bajo los rayos del sol. Quizás, también, la ciudad crezca sobre estas rutinas rutinarias y vuelen mariposas y olores de belleza por sus cuatro puntos cardinales.