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Por Graciela Guerrero Garay    Fotos: De la Autora

Nunca olvido una de las enseñanzas que aprendí de mi padre en la más temprana edad. Era una especie de adagio que decía siempre cuando yo, recelosa, ponía en duda alguna cosa buena porque, de tanto ir el cántaro a la fuente, solo veía nubarrones por mis lados.

Recuerdo que contaba que allá en su pueblo, el bonito Omaja de la provincia de Holguín, hoy perteneciente a Las Tunas,  había un perro callejero y sarnoso al cual todos le tiraban piedras. Un día llegó en el tren un anciano y mientras esperaba en el andén el pitazo de arrancada, vio al hambriento animal y le lanzó un pedazo de pan. Asustado el infeliz, salió a la carrera una vez más.

Instantes después la voz de aquel hombre amordazó por minutos el bullicio de la terminal: “Ven perro flaco, ven perro lleno, de sarna, pulga y gusano; ven, que no todos los humanos tenemos las manos llenas de veneno”. El can no volvió, pero mi padre -como quizás otros testigos- jamás olvidó la elocuencia del anciano y grabó en su memoria la fuerza de sus palabras. Ahí mismo lo escribió en un papel amarillo y lo guardó como un talismán.

Hoy tampoco supe quien era el señor que me dejó con deseos de preguntarle su nombre y dialogar con él. Montó en un coche – uno de los medios más populares que suplen las carencias del transporte público, aún cuando ha mejorado bastante- después de afirmar, hasta con cierto aire marcial, “Obama pudo decir o no decir, pero esto será siempre un párrafo en la historia de Cuba, como lo fue la visita del Papa Francisco”. Si dijo algo antes no lo escuché. Llegué a la parada justo en el momento que se iba.

Creo que recordé la enseñanza paterna porque veo en la visita del presidente Obama un gesto enorme de respeto a la voluntad nuestra de tender puentes y ser la Isla de la Paz, como ha dicho Raúl en varias oportunidades y como también Fidel nos educó interminablemente. No por gusto marcamos la diferencia en ser solidarios y especiales anfitriones, aún cuando lo que haya que compartir sea un trago de café claro.

Los hechos están ahí para pensar “en las piedras” y no en el “pan” pero, por encima de todo, negar que los cubanos estamos contentos con un acercamiento necesario – dormido y despierto – en el corazón por años y años, es mentir. Quien no tiene familia allende el mar, al menos tiene un amigo.  Y la añoranza de un encuentro sincero, soñado y esperado siempre, sin trabas, natural y humano, es una perogrullada.

Olvidar no. Solo los de amnesia patológica olvidan lo bueno y lo malo. Tampoco escribo estas líneas para repetir lo que ya han dicho quienes tienen créditos científicos y políticos para desmontar, línea a línea, las palabras de Obama. Pretendo, sin tintas oscuras, traslucir un sentimiento popular, cubanísimo, de la huella que deja en los corazones sencillos gestos tan enardecidos como los del Papa Francisco y Obama, con sus lógicas texturas y semióticas, por supuesto.

Hechos que dignifican, en un siglo donde todo parece se derrumba, a un pedazo de tierra caribeña que sabe valorar la gloria de ese grano de maíz, que ha multiplicado por siglos más que panes y peces. Y, por ello, duela a quien duela, se quiera o no, hay que quitarse el sombrero y siempre Cuba está ahí, con más luces que sombras.

Tan es así, que las estrellas se ven mucho más bellas cuando los desesperantes apagones eléctricos nos revuelven la paciencia, y hasta los agradecemos porque nos dejan vivir los sueños y esperanzas de ese regalo de Dios que es un cielo estrellado, limpio, las más de las veces con una luna llena preciosísima. Tal vez en las grandes urbes solo existan planetarios y pocos tengan el privilegio nuestro de absorber y disfrutar tan peculiar milagro.

Lo esencial es invisible a los ojos, dijo El Principito en esa extraordinaria obra de Antoine de Saint-Exupéry. Y ahora casi a punto de cerrar con doce nuevas campanadas el viernes santo, las plegarias por la paz, por una América más nuestra y una humanidad más justa, son besos de esperanzas en millones de mortales de aquí, allá y cuyá. Y creo, humildemente, que si existieran más ancianos que tiraran pan a los perros hambrientos, ninguno saliera a la carrera para evadir el impacto doloroso de una piedra, lanzada por demás con saña y despiadadamente.