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Por Graciela Guerrero Garay         Fotos de la Autora

El Estado no debe meterse en los precios, dijo el hombre mientras se detuvo menos de cinco minutos ante el mostrador de un kiosco donde el tema, entre clientes y cuentapropistas vendedores de viandas, frutas y hortalizas, se debatía y nadie encontraba equidad en los diferentes puntos de vista. Para muchos, esencialmente quienes a todas luces son intermediarios, la ley de oferta y demanda es la que debe seguir marcando el valor de los productos.

En tanto, el pueblo trabajador espera ver pronto el resultado de las orientaciones del Primer Secretario del Partido y Presidente de Cuba, General de Ejército Raúl Castro, cuando en la Asamblea Nacional del Poder Popular abordó el asunto de los altos costos de los alimentos, a partir de análisis que pusieron sobre la mesa los diputados, hecho por demás recurrente desde hace años y, en muchos casos, sin justificación objetiva porque está demostrado que cuando se quiere se puede, siempre y cuando en esta compleja cadena productor-comprador no se piense con el bolsillo y la ambición, sino en el consumidor.

Para complicar las cosas o lograr un fin siempre existen argumentos, más si se trata de ganar dinero con los sudores ajenos. Otra perogrullada que con las carencias de las últimas décadas es a estas alturas “el chupa sangre” cotidiano de ese obrero, jubilado o profesional que aporta cuanto tiene en talento, vergüenza y sacrificio para sostener de manera honrada a su familia y, ante el mostrador estatal o privado, deja el salario de un mes y se va tan lleno de necesidades alimentarias como llegó al mercado.

El campesino necesita recursos para trabajar y no los tiene – dice Ramón Ávila, quien vive en el municipio Menéndez y por asuntos de enfermedad vino con su hija a Las Tunas. Son de mala calidad y muy caros, luego si bajan un poco siguen igual de malos. Las cooperativas llevan más ventajas, pero igual incumplen con ellas. Entonces el que contrata un camión y se va al campo, con el precio de la yuca, por ejemplo, quiere sacarle ganancia a todo… al camión, la gasolina, los envases y hasta los ayudantes que lleva. Yo ahora veo esto muy complejo. No encuentro cómo.

Al asomarnos al Mercado Ideal El Serrucho y La Unión, por ejemplo, los precios igual andan por el techo. Laura Pérez compraba un paquete de galletas, según ella (yo creo igual) más pequeño que hace años atrás cuando empezaron a venderla y respondía con una pregunta: ¿Usted cree que puedo comprarlo? No, pero qué les doy de merienda a los muchachos. Al menos me sale más rentable que un pan de 10 pesos diarios. Miré una lata de puré de tomate a 140 pesos y hasta 200 y más en moneda nacional, o a 9 y pico en CUC… lo que yo gano como jubilada. ¿Hasta cuándo será esto?

Otra señora aludió que “por ahí te venden las botellas a 20.00 pesos, pero no confío en esos carretilleros pues compré una y el tomate estaba mezclado con boniato, por eso me decían que era una pasta”. Otras opiniones confirman que es un riesgo alto adquirir alimentos sin saber quién vende ni de dónde sale la mercancía, más cuando hay tantas enfermedades en el ambiente y lo consumirán los niños.

Con más o menos razones, el tema de la comida y sus precios supera la expectativa de los mercados agropecuarios estatales y privados, o si salen de la tierra o de la industria. La verdad es que este asunto requiere y abarca miradas menos epidérmicas, porque nadie pide aumentos salariales sin respaldo productivo, sino que se pague tal cual trabaja y el salario le permita cubrir sus necesidades elementales e impostergables. La economía del país y la casa lo demandan en voz alta.