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Por Graciela Guerrero Garay     Fotos: De la Autora

Armando Cousso está loco, al menos así dice la mayoría y ciertamente el tiene un trastorno de bipolaridad y hace crisis depresivas que transitan con episodios de esquizofrenia  pero, aún así, no agrede a nadie ni deja de hacer sus rutinas cotidianas, las cuales yo, desde mi balcón, le admiro en silencio o le celebro cuando nos cruzamos en el “día a día”.

El jardín más bonito que adorna los contenes de las aceras de la avenida donde vivimos – él, enfrente- lo hizo por iniciativa propia y riega como se cumple el más serio ritual. Ama a los niños y vende pan por cuenta propia y si tiene que fiarle a un vecino, lo hace con la mejor de las sonrisas a pesar de vivir solo en un apartamento que siempre mantiene pintado y decorado con plantas en el exterior.

En las reuniones de los CDR o la Circunscripción su voz no necesita micrófono para arengar a que se acabe con la corrupción, se recoja la basura, se trabaje con dignidad y se ponga sobre la piel de todos, el concepto que nos legó el líder Fidel Castro sobre REVOLUCIÓN. Donde consigue cal para pintar los bordillos de las aceras y escribir con letras enormes “Hasta la Victoria Siempre” en medio de la vía, no sé. Sin embargo, para el 26 de Julio y el Primero de Enero lo ves ahí, escoba de yarey en mano, en el amanecer o el crepúsculo, en tal laboreo. Igual por voluntariedad.

Cuando entra en sus crisis, nadie puede ignorarlo. Su balcón es una tribuna donde regala voz en cuello la carta de despedida del Che a Fidel, el discurso de Salvador Allende, versos de José Martí, Villena, Mella…,  o cuenta un episodio de la lucha en la Sierra Maestra con idéntica precisión como si estuviera leyendo un texto de historia. No ganó por gusto un Diploma de Reconocimiento en  una de las últimas actividades del Consejo Popular 18 pues, realmente, nadie tiene que llamarlo a nada, él toma la iniciativa y se gana honradamente lo que come cada día con su patente de panadero.

Cousso no es el  único desvariado  que marca la diferencia en mi barriada. Nelson Cera, un viejísimo y enfermo trabajador de Comunales,  no falta un día a la Avenida Primero de Enero.  El barrendero -  a quienes el difícil oficio de barrer calles les enseña de memoria las corrientes del viento, las uñas del frío y los besos de la lluvia- está ciego, apenas se le entiende lo que habla y ya se jubiló.

A él, como si el único sentido de vivir fuera la escoba y los palos que se amarra a la cintura “por si me voy a caer o quieren golpearme”, el sol del mediodía le coge moviendo el polvo. Cuando la sed aprieta y el cansancio quizás le muele los huesos, Nelson sube como puede las escaleras de los edificios y pide, puerta por puerta, agua, azúcar o lo que se le ocurre. Entre su demencia clarioscura y el apego al trabajo no siente el tiempo y la avenida se mantiene limpia, porque llega siempre una hora después que acaba su labor el compañero asignado a la zona.

Perdí la cuenta de cuantos años lleva con esta voluntariedad de hierro, aunque muchos dicen que finge su ceguera  y pide por “sinvergüenza”.  Tampoco faltan quienes murmuran que Cousso se descompensa para inspirar lástima o buscar alguna rencilla con determinado vecino.

No lo creo. Apuesto y me voy con los locos de mi barrio porque muchos cuerdos que encuentro en cualquier parte arrojan malas palabras a mis oídos, tiran papeles por el piso, golpean a sus caballos, andan como bólidos por las calles y les molesta hasta el ladrido de los perros y el maullido de los gatos cuando ellos, sin pedir permiso, ladran, muerden, arañan y te  hacen una locura la vida si les dejas plantar lo que llaman cordura entre los seres normales.