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Por Graciela Guerrero Garay    Fotos: De la Autora

No puedo decir que es la primera vez que descubro cómo estas milagreras hacen sus magias.  Cuando mi nieta Sheila matriculó allí preescolar, el primer día de clases, caí rendida ante el embrujo de sus artes para convertir un tosco pedazo de cartón en una Blanca Nieves mucho más bonita, incluso, de las que he visto  dibujadas en los libros de cuentos.

Hace más de cuatro años les dedique unas líneas, pues vale dignificar en estos tiempos de lobos a los pastores que cuidan sus ovejas, más si te convencen de que sus milagros llevan el sello innato del amor verdadero, el incondicional, dado sin pedir nada a cambio. O, como ahora, que vuelven a deleitarme y me transportan a esas hadas que durmieron mi infancia y convertían un pedazo de piedra en un cake especial, para celebrar el cumpleaños del  único duende bueno que vivía en el bosque.

En medio de tanta maravilla bendigo otra vez que Pablo Milanés, ese trovador cubano tan especial, dedicara una canción a Yolanda. Claro, no es Yolanda García Ayala, la maestra de Preescolar de la escuela primaria tunera Tony Alomá, pero en su himno hermoso caben a pie juntillas también Waldina Fernández Fernández y Marilín Ávila Núñez, las otras dos hacedoras de esos prodigiosos actos de fe y vocación.  

No sorprende, entonces, por qué el mejor momento del día de clases es ir al área de juegos. Ni imaginen que salen a corretear para no ser atrapados por la “gallinita ciega”. O a esconderse de Marlon, el rubio mordedor del aula. O a saltar sobre el cemento cuan largo puedan y llevarse los aplausos por ganar el “pon”. Nada que ver. Allí aprenden las esencias del futuro, la vida, los oficios, el reino animal, las labores domésticas, con objetos y cosas reales que forman su entorno. El secreto está en que son artificiales y parecen de verdad, gracias al ingenio de estas tres mujeres milagreras.

Lo bello de todo es, justo, lo bello que es todo a partir de materiales que resultan trastes en los rincones de la casa, los cuales llevamos a los vertederos por ser basura y calificamos a priori de inservible chatarra: cartón, poli espuma, tapillas de cerveza, cajas de cualquier tamaño, pedazos de madera, hojas secas, ramas de árboles. Lo demás es pincel, acuarela, tijeras, tiempo extra, noches dormidas a destiempo y ser un equipo de creadoras únicas. Es decir, conciliar ideas, aprovechar las destrezas individuales, enseñarse entre sí y tener deseos de educar, instruir y disfrutar el aprendizaje de sus niñas y niños.

Las milagreras Yolanda, Waldina y Marilín… las tres mosqueteras más geniales que conozco, convierten cada jornada de trabajo en la “Tony Alomá” en la médula de esa frase legendaria: “todos para uno y uno para todos”. Y los pequeños, por supuesto, visualizan, identifican, conceptualizan y aprenden sin tener que usar la imaginación.

Ellas, estas educadoras especiales, les fabrican con sus manos los materiales de estudio, tan reales y perfectos, que es difícil creer que nunca cursaron una academia de artes plásticas, fueron artesanas o dibujantes. Y la canción de Pablo vuelve a repiquetear en mis sentidos…  “me abres el pecho siempre que me colmas/ de amores/ de amores/eternamente de amores/.