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Por Graciela Guerrero Garay      Fotos: De la Autora

Los últimos 31 días del 2015 corren ya por las autopistas del tiempo y, aunque no hace invierno, tampoco nos perturba ese calor insoportable que adornó el verano en estas tierras, donde justamente hoy se sienten por doquier las complicidades navideñas y el homenaje a los educadores, dos fechas que mueven emociones, apuntalan cariño y aprisionan esos sentimientos cotidianos que la prisa no siempre deja decir.

Para los cubanos ir a la escuela, querer a la maestra o al maestro, abrazarlos como el primer día al pasar los años y reencontrarnos ya adultos y profesionales, recordarlos en cualquier remembranza de la infancia y guardar sus rostros para siempre es algo muy nuestro, cubanísimo. Dedicarles diciembre para demostrarles lo que valen es igual de propio y esperado.

Por estos días sucede. Los padres, abuelos y la casa entera nos ponemos a pensar cómo hacemos la fiesta del 22, Día del Educador. Las ideas surgen en cualquier lugar. A la hora de recoger a los muchachos, en el barrio, en reuniones improvisadas a la hora de llegada… lo importante es organizar el “motivito” para compartir un momento especial: el cierre de la primera etapa del curso, dar a conocer los resultados evaluativos y, en familia, dejar algún presente en las manos de quienes, durante la vida, nos ayudaron a crecer desde las libretas, los libros y el alma.

A nivel social también llega el homenaje con actos, entrega de premios a los destacados a nivel de centros, municipios y provincia, galas culturales, reconocimientos y fiestas que no embriagan la egolatría, sino que estimulan el espíritu para llevar adelante una de las obras más legítimas del ser humano: enseñar, porque como dijo William Butler Yeats “la educación no es llenar el cubo, sino encender el fuego”.

Diciembre… mes del amor colectivo, popular. Momento de capitular ante aquello que faltó para subir un piso más. El tiempo de los abrazos, las catarsis, los encuentros y los empeños. Un diciembre para el arte de educar, colmadito de besos, abrazos, postales y alegría. Una huella que andará por los altavoces de la ciudad y los corazones, hará bailar la esperanza y abrirá los brazos a ese nuevo año que comienza con retos y sueños, nuestros, como estos, que se levantan entre las piedras intrusas pero nos dicen que tenemos piernas y pies para andar. Y, entonces, el mañana es cierto y bendecimos el sol.