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Por Graciela Guerrero Garay     Fotos: De la Autora

¡Se me olvidó. Qué cabeza la mía! dijo apenada sin encontrar excusas para justificarse. Había dejado en casa el certificado médico que debía entregar en su centro de trabajo. No era la primera vez que notaba estos olvidos en su cotidianidad. Se consolaba al saber que a muchas personas conocidas les sucedía lo mismo.

Aprovechó la visita de rechequeo en el Consultorio Médico para preguntarle a la enfermera si tales reincidencias eran normales, pero ella le aseguró, hasta medio en broma, que la falta de memoria es un mal generalizado y no estaba relacionado con la vejez. Su niña de 8 años nunca se acordaba qué almorzó en la escuela ni dónde guardó los lápices de colores que utilizaba en las clases de artes plásticas.

De pronto, también con mi desmemoria a cuestas, sentí la curiosidad de indagar el asunto y hacer un simple sondeo periodístico. Sorprendentemente, la veintena de amigos,  vecinos, familiares y desconocidos (5) que entrevisté me dijeron que olvidan al menos una cosa importante al día y se ven obligados a anotar las diligencias para evitar inversiones mayores de tiempo o molestarse consigo mismos.

No solo la edad y enfermedades neurodegenerativas como el Alzhéimer afectan negativamente la memoria, sino también ciertas situaciones fisiológicas y determinados hábitos contribuyen a acentuar ese padecimiento,  cita un artículo publicado tiempo atrás por la revista digital Muy Interesante, el cual daba referencias a que el estrés toma fuerza en el asunto.

Por ahí debe andar un camino de esos aparentes olvidos en la mayoría de las personas, pues según el estudio la corteza prefrontal, una zona del cerebro responsable entre otras cosas de almacenar la memoria a corto plazo,  se perjudica funcionalmente cuando nos estresamos con frecuencia ya que bajan por dicha causa los niveles de glutamato, que son los transmisores de las señales de esa área.

Sin embargo, otras investigaciones agregan que las embarazadas tienen una predisposición a ver reducida su memoria espacial- la que nos sirve para orientarnos y recordar dónde dejamos las cosas-, fundamentalmente en los dos últimos trimestres y reflejan el problema hasta tres meses después de tener al bebé, aunque esa  anomalía es reversible. Esta pérdida de memoria es acelerada por la gestación y lo afirma un estudio presentado en la Conferencia Anual de la  Sociedad Británica de Endocrinología.

El tabaquismo se suma a estos episodios, según estudiosos de la Universidad de Northumbria, quienes concluyeron que los fumadores tienen peor memoria que quienes no son adictos, pues los resultados arrojaron que los no fumadores recordaban el 81 por ciento de una serie de tareas asociadas a diferentes lugares, mientras los otros lo hicieron en un 59 por ciento. El proceso es reversible si se deja el vicio.

Las dietas también parecen tener su cuota de influencia en esos hipos de olvido que nos agobian, pues otras revistas especializadas dicen que el exceso de grasa y colesterol provocan que el cerebro se inflame, la función nerviosa se altere y en consecuencia la memoria de trabajo o memoria inmediata se reduzca. Lo mismo la presión sanguínea alta debilita las arterias pequeñas del cerebro y puede provocar daños en las neuronas, por lo cual después de los 45 años la hipertensión ocasiona pérdidas de la misma.

No es “estar locos o tontos” como nos autocalificamos muchos cuando no sabemos dónde guardamos el monedero o nos percatamos que fuimos a liquidar un pago y dejamos el talonario en alguna parte. O, sencillamente, nos acordamos de un rostro y no del nombre. Es, según acuciosos investigadores,  que tal vez no hayamos elegido el estilo de vida más conveniente, estemos sobre-estresados, mal en asuntos dietéticos y faltos de ejercicios. Todos, de conjunto, mejoran la salud  mental y ¡la memoria!