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Por Graciela Guerrero Garay       Fotos: De la Autora

Esta semana, con justa preocupación, un vecino del edificio 38, en la Avenida Primero de Enero, inclinaba su observación hacia el peligro que representa “un hueco” ubicado a un costado de su homologo número 13, en el mismo Reparto Santos, de esta ciudad. Al investigar la inquietud de Noel Milán era lo que suponíamos.

No todas las flechas están en la diana del Estado y en la morosidad o falta de gestión de los organismos implicados, lo cual no quiere decir que  no existan en cantidades copiosas para llenar libros de quejas y propiciar los debates públicos que, a diario, se escuchan en cualquier sitio.

Otro lector, Ángel Platt Cedeño, residente en el habitáculo multifamiliar donde se encuentra el registro de Comunales, argumenta que “tenía tapa cuando se entregó el edificio, en los años 1993-94, y después hubo que romperla  por las tupiciones. Comunales la repuso, pero la robaron. Luego le colocaron unos paneles y se los volvieron a llevar. Ahora fui yo quien le puso esas tablas y recortería de fibro”.

El objeto de marras no está en la calle ni en esos trillos que se forman a fuerza de la travesía de las personas para acortar distancias – muy comunes en los barrios, ante la ausencia de una topografía urbana coherente -, pero es un peligro potencial para quienes transiten por ahí, posibilidad que motivó a Noel a dar la queja.

Sin embargo, su camino lleva a “Roma”: Las indisciplinas sociales y el irrespeto al bien público, al entorno y a ese “derecho” sin DERECHO que se toman algunos de lucrar con los recursos que administran, incrustar sus firmas en obras recién pintadas, caníbalear esculturas, medios de transporte y romper, entre otras cosas, las cabinas telefónicas y los parques infantiles. Aquello de cuidar la propiedad social desapareció de las prioridades colectivas, tal como el slogan encargado de recordarlo por doquier.

En el debate público a veces el dedo apunta para el lado equivocado, aún cuando decisiones mal tomadas producen un efecto rebote más dañino que las buenas razones que pudieron sustentarlas. La gente debería comprender a tiempo que su actitud social es imprescindible para consolidar el cambio, rescatar valores, tener un país próspero y educado y vivir en una sociedad equilibrada, justa y mejor. La conciencia colectiva es vital para que funcione la dialéctica, y no creo que nadie deba excluirse, porque cubanos, sociedad y nación somos todos.

Por estos días el tema de la carne de cerdo anda en la palestra pública como el pan caliente y las opiniones tan diversas, que resulta difícil vislumbrar la solución. Lo real es que el desabastecimiento del plato fuerte de los tuneros salta por encima de lo que a todas luces es una indisciplina social de los comercializadores privados y hay más de un lector lo califica ya de “un plan táctico” para que se les autorice el precio a 25 pesos, todavía caro en una población donde crece el número de jubilados y la mayoría de las chequeras no llega a los 300 pesos.

Un tema que abordaremos más adelante,  pero necesita ya que los organismos estatales salgan del marasmo y los campesinos respondan como debe ser. En el reciente Congreso de la ANAP muchos puntos se les pusieron a las íes y el pueblo no quiere aquello que popularizó una telenovela cubana…” el año que viene”.  

En los debates ponerle el cascabel al gato es tan complejo como la vida misma. ¿Quién lleva la razón?, tal vez sea relativo y no lo más esencial. Lo importante es que los estados de opinión deben ser atendidos. Las leyes están y tienen que respetarse. Primero por quienes la legislan, luego por los responsables suscritos a las mismas y, al final, no puede haber otro beneficiario que el pueblo. Eso es Revolución y ahora más que nunca el magistral concepto de Fidel debe estar sobre la mesa. Noel Milán, en su humilde sencillez, ilustró algo: “Yo sé que el hueco está ahí, ¿pero si un niño pasa y se cae? Pensó en los demás. ¿Por qué otros no lo hacen?