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Por Graciela Guerrero Garay        Fotos: De la Autora 

Estaba airada y con los “humos” lógicos de quien se sabe maltratada sin razón objetiva, porque simplemente solicitó un servicio que le acarreó gestiones anteriores y pensó allí terminarían sus carreras. Al contrario, salió sin el utensilio que buscaba, molesta y hasta humillada.

Lo comentó a un grupo de amigas y lo escuché. La objetividad del periodismo exige- casi como norma- poner nombre y apellido a cualquier señalamiento público, bajo la intención de impeler al infractor a responder, pero la más de las veces demoran en hacerlo, otras justifican lo injustificable o resuelven el asunto para caer en lo mismo un tiempo después.

En fin, razoné que la falta de respeto al consumidor, cliente, usuario o ciudadano común –como le llamen- es un vicio tan arraigado y común que podía comentar el tema y la experiencia sin saber dónde ocurrió exactamente pues, a diario en la mayoría de los lugares hay algún incidente visible y susceptible de denunciar.

El respeto a sí mismo lo creo responsable primario de estas violaciones ya que exterioriza por la vida aquello que nos distingue, y si le sumamos la escasa pertenencia al entorno, llueven esas situaciones desagradables e incongruentes, ocurran en el sector estatal o privado, donde igual se maltrata al cliente.

Es triste, pero cierto, percibir cómo un “licenciado” enseña dientes agrios en  lugares donde te saluda un cartelito Mi trabajo es Usted, mientras la recepcionista no siempre lo hace. Irrita- aunque no se diga- pararse delante de un mostrador y encontrar un dependiente “mudo”, como si le importara un comino si desea comprar algo cuando él o ella debe indagar solícito, según éticas comerciales, pues su misión es vender.

Las unidades de Salud tampoco escapan de esos vientos huracanados de mal humor e incultura que sacuden los centros donde, por necesidad, tenemos que acudir. Si de farmacias se trata y no existe el medicamento, el seco NO HAY se acompaña pocas veces por un mínimo rayito de esperanza como “no se preocupe, lo estamos esperando, vuelva la semana próxima…. O “Espere, le indagaremos  dónde puede encontrarlo…”

En contrapartida, se quejan y piden aumentos salariales y  pregunto: ¿Merecen el que ganan? ¿Seguirán empleados en otras naciones, donde te despiden solo por guiñar un ojo? ¡Cuánto daño nos hace el paternalismo y la falta de control! Ídem la utopía de que somos iguales, debemos ganar lo mismo y somos dueños por derecho,  derechos que no todos respetan y dignifican con sus desempeños.

Cambiar y mejorar la sociedad no es un himno patriótico. Es, a mi modo, el decoro de dejar con huellas propias  un actuar decente, humano, civilizado y cortés, respetuoso, aunque salgamos de casa con dolor de huesos, los bolsillos vacíos y hasta el agravio de una desavenencia familiar. Esa persona que va hasta el lugar en que laboramos y representamos más de una condición social, no tiene culpa.

Por demás, pagará y ese pago, por ley constitucional y normas ético culturales, ideológicas y sociales, incluye ser bien tratado, servido con esmero y retribuido por el valor económico que aporta. Si alguien parapeta la ineficacia detrás de un servicio gratuito sepa que las empresas ingresan al presupuesto estatal un 12 por ciento por su fuerza de trabajo.

Justo ahí está la esencia de la imagen corporativa y la misión de la entidad, la cual están obligados a defender sus empleados, desde el auxiliar de limpieza hasta el director.  La falta de respeto NO tiene justificación. ¿Hasta cuándo arrastraremos esta pesada cadena?