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Por Graciela Guerrero Garay

La muerte de Eduardo Galeano, uno de los grandes de la Literatura Latinoamericana, siempre andará entre los titulares del alma, donde se guardan los hechos que nunca se ponen amarillos y no necesitan de anuncios en las vidrieras para recordarlos.

Los hombres buenos jamás van al olvido. Por suerte, la inevitable partida nos deja la ausencia pero también la memoria y Eduardo Galeano seguirá “merodeando” –al decir de otro enorme que nunca se fue, Hugo Rafael Chávez Frías-,  y su palabra en tinta, su voz de pueblo, su talento y su historia volarán sobre América Latina y el mundo, tal como lo hacen hoy las letras de José Martí, Mario Benedetti, Che Guevara, Gabriel García Márquez y tantos más, interminablemente nuestros.

Pero eso deja al margen tampoco la consternación y el impacto de la pérdida, que este martes en horas del mediodía se retoma entre el “tú a tú” de los intelectuales tuneros, las tertulias barriales, entre amigos,  y los millones de lectores y admiradores que tuvo en esta Isla y por este Balcón Oriental, donde leer es una tentación tan fuerte como tomar una taza de café.

Los colegas Yelaine Martínez Herrera y Freddy Pérez Pérez  lo exteriorizaban de esta manera: “Sentí ganas de llorar cuando lo supe” –comenta Yelaine- y “Uno bien grande que se nos fue también”, afirmó Freddy. Mientras mi vecina Susana Pérez, con “El libro de los abrazos” (1989),  se me acerca y dice: “Lo guardaba como un tesoro. Ahora te lo regalo. No quiero que me lo recuerde muerto”.

Yo también me resisto a recordarlo allá en la última morada de los vivos, pero le agradezco, con todo, el obsequio a Susana. Galeano tenía la magia de vestirnos de latinoamericanos con orgullo, pertenencia, pasión. Nos llevaba de la mano con sus geniales historias, sus mezclas de amor y memoria, los apuntes imprescindibles, el análisis aleccionador o su corazón abierto…

-Palabras, ¿no le parece que muchas fueron vaciadas de contenido?

-Muchísimas. Proceso, por ejemplo. El diccionario de nuestro tiempo es un libro de puras tradiciones. En el uso que les da a las palabras que nacieron significando otra cosa. Libertad es el nombre de una cárcel de Uruguay. Las barbaridades que se cometen en nombre de la democracia. La palabra “mercado”. Mercado era el lugar de encuentro con los vecinos; era colores, aromas. Y ahora el mercado es una suerte de dios todopoderoso que te vigila y te castiga. (...)1

(1) Tomado de “Las libretitas de Galeano”. Por Miguel Russo.