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Por Graciela Guerrero Garay     Foto: De la Red

El nuevo Carné de Identidad será un problema aquí en Las Tunas si antes no definen bien los nombres de las calles y los números de los edificios, me dice inquieto Ángel Platt Cedeño, un asiduo lector de 26, quien por vivir en planta baja casi a diario tiene que dar una orientación o aclarar un  equívoco sobre diferentes direcciones que, sin dudas, no se ajustan a la ubicación geográfica en la cual dice está radicado el inmueble o la persona.

Cierto es. Ahora, cuando la urbanización toma pecho y las ilegalidades e indisciplinas sociales cogen el camino legítimo, la realidad trasgrede el imaginario ciudadano y las nuevas exigencias demuestran que los repartos son los únicos que no tienen “dobles” en esta historia, al menos en Las Tunas.

Por otro lado, hay infinidades de edificios levantados en áreas donde no existen calles propiamente hablando y, sin embargo, se les cita oficialmente en alguna cercana o, a veces, desconocida por los alrededores, como la “prolongación de…” y nadie sabe dónde queda la matriz o porqué está relacionada, si a la de marras le interrumpen su lógica directriz  solares, basureros, viviendas, objetos sociales…

Se suman a este desvarío de confusiones y reiteración de todo tipo que los inmuebles multifamiliares, incluso en la misma zona, se designan por números o el apelativo del organismo que los construyó o entregó los apartamentos. De esa suerte, está el de Comercio, Salud, Comunales, la Micro… y como las inversiones se hicieron en varios puntos de la ciudad sucede como las calles, los mismos existen por doquier.  Un ejemplo concreto sucede con el edificio 39, uno ubicado en la avenida Primero de Enero y el otro en la calle Israel Santos.

La inquietud de Platt Cedeño, más que justa, obliga a detener la mirada reflexiva sobre estos problemas de urbanización que afectan esta capital y al territorio, distinguido con ser uno de los pocos del país que tienen cinco ciudades por la cantidad de habitantes, sin minimizar lo costoso que resulta el nuevo documento de identidad por las altas tecnologías utilizadas en su elaboración y la información que brinda sobre su portador. Ya no es asunto civil o legal, es también económico.

Igual preocupa que esta compleja situación se da en los nuevos asentamientos, donde los solares se entregaron sin una mirada futurista y las personas construyeron sus casas en los terrenos asignados, sin tener en cuenta espacios vitales que permitan, cuando sea posible, levantar una comunidad urbanizada como debe ser. Sucede, por tipificar un caso, en el área colindante a la línea del ferrocarril, frente a San José, donde los laberintos estrechos distinguen junto a cercados de todo tipo, sin que se respire coherencia topográfica alguna.

Estos fenómenos deben atajarse a tiempo. Las nuevas regulaciones aclaman por eliminar las ilegalidades y los llamados “barrios quita y pon”, pero si se da el derecho a tener hogares propios y facilidades de crédito y subsidios, debe existir previamente un estudio integrado de cómo será mañana ese sitio si se quiere que hable de desarrollo y sustentabilidad ambiental, para evitar lo que pasa hoy con las demoliciones para oxigenar la ciudad y acercar la civilización y la cultura a la gente.

Vale, igual, salvar el nuevo, costoso y viable documento de identidad de estas irregularidades. Todavía, creo, sí podemos.