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Por Graciela Guerrero Garay     Fotos: De la Autora

No fui a buscar esta historia, pero estaban ahí… amantes, amigos, compañeros, confidentes. No es exactamente el tiempo el responsable, se nota a un primer golpe de vista. Puede que sea que nunca dieron un paso en falso o, al menos, apostaron por tomar los caminos nuevamente juntos, sin reservas ni mentiras, con perdón y tolerancia, con la misma bandera del cariño a cuestas.

Lo bonito no es eso. En sus hijas y nietos también anda la “lucecita” por los ojos. Atrapan, sobre todo cuando una sabe de tantas familias perdidas y te llegan como fuegos de bengala las cifras de divorcios, las cuales en el anuario de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información del 2013 dicen que 10 mil 689 parejas cubanas después de 15 o más años de matrimonio rompieron el vínculo.

No les pedí recetas. Tanta ternura ahí, delante de mi cámara, era suficiente. Maritza Espinosa Guevara y Walfrido Matos Lores se aman por encima de los convencionalismos o la costumbre y dan la impresión de que el tiempo no les alcanzará para seguir amándose.

¡Cincuenta y tres años de casados! Celebraron las bodas de Oro y van en busca de la Esmeralda, a los 55. Llevan una vida en armonía, no solo en el amor, sino en la salud, con la alegría bajo el brazo y la sonrisa a flor de labios, herencia que supieron trasmitirles a las cinco hijas que tuvieron. Los varones, son los yernos y es difícil, al encontrarlos juntos, discernir de quiénes son los padres, si de él o de ella.

Ahora viven en Matanzas, cerca de una de las hijas, pero vienen a esta querida tierra de Las Tunas donde tienen la raíz y parte de la familia. Los descubrí en la casa de la Doctora y Máster en Genética Tamara Matos Espinosa, quien siente una admiración especial por sus padres mientras ellos no esconden el orgulloso por sus “chicas”, entre las que también hay una ingeniera, dos técnicos medios y una licenciada en Arte.

La mirada encierra algo muy fuerte. Walfrido mira a Maritza y ella, excelente conversadora, se adelanta para decir: “Tenemos seis nietos, cuatro varones y dos hembras…” Creo que los mira a todos con el poder de la mente y retozan, como lo hicieron con “las muchachitas” en otros tiempos.

¿Secretos? Principios básicos… comunicación, respeto, lealtad, silencios oportunos, valores. Ingredientes de un amor verdadero, defendido por igual, sin tomar la varita de “soy el…”, “y yo la…” O aquello de no tomarse muy en serio lo que no es importante y pueda agriar el espacio común. Esperar el momento, y recordar siempre que los unió el amor.

Como el viento, te toca el mensaje. O, tal vez, se me antoja sacarlo del espejo de Tamara y Ernesto Galbán, la continuidad de esta semilla que gravita en el ambiente y sentí deseos de contar en febrero, cuando el amor toma alas y multiplica besos y flechas para anunciar a Cupido, muchas veces arropado en silencio.

“Llevamos  28 años de casados”, dice Ernesto, un médico veterinario muy orgulloso de no padecer la epidemia del machismo y  tener a Gabriela y Ernestico con la mujer que le robó sus sueños desde que eran prácticamente niños.

Vuelve esa magia oculta que muchos saben retener con eterna paciencia en los estrechos de la vida, quizás convencidos de que el matrimonio no es una alfombra de deseos ni un acto para aprender a ser macho ó hembra, sino un camino que un día se te abre alma adentro y te da la oportunidad de escoger la compañía.