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Por Graciela Guerrero Garay     Foto: De la RED

Mi vecino Nelson Rivera más de una vez argumenta que el problema de los robos no solo es de los ladrones, sino de los propietarios, al menos en los casos donde no son violentados rejas, puertas, ventanas, candados u otras herramientas de seguridad.

Ejemplificaba con una madrugada en que salió a su balcón a fumar un cigarro y detectó que desde el techo del edificio, con una soga y un gancho, unos pilluelos intentaban subir una bicicleta que “dormía” en el portal de una cuarta planta sin protección alguna.

Tras varios días de observación, noté que la prevalencia de estos descuidos es bastante común en ciertos lugares y barriadas, así como el hecho de que algunas personas – en plantas bajas de los edificios, esencialmente- dejan las puertas abiertas a cualquier hora del día, mientras salen a una gestión cercana o están en otras habitaciones donde no se puede observar si alguien entra o sale de la casa.

Quizás parezcan detalles insignificantes y se piense que tratamos de llamar la atención sobre un asunto que es un soberano derecho de cada ciudadano. Sin embargo, detrás de estos descuidos voluntarios, conscientes o inconscientes puede generarse una cadena de daños y perjuicios muy peligrosos para la familia y la sociedad, si los ladrones al saberse descubiertos traen un arma blanca, como ha sucedido en muchas ocasiones.

Ante la denuncia, igual se mueve una serie de recursos logísticos y económicos de los agentes del orden, quienes al personarse en el lugar casi nunca encuentran evidencias que faciliten los trabajos de investigación pues, ante el revuelo que se arma, hay en el lugar mezclas de olores, huellas dactilares y ausencia de testigos, piezas imprescindibles para solucionar el robo.

Luego, al no recuperarse la pérdida de los objetos o existir demora en los resultados, salen a la palestra pública opiniones desfavorables sobre estas dependencias y se les responsabiliza de un hecho donde las víctimas son realmente los culpables, sin demeritar que a la postre existe una tolerancia o un silencio cómplice sobre eventos que llaman la atención y “nadie les hace caso, nadie ve nada y nadie oye nada”.

Cuando hablamos de indisciplinas sociales a veces razono que se llevan a cierto macromundo fantástico del que nosotros no somos parte y toca a otros resolverlas. O se deja en ese peligroso terreno de no es conmigo, carga tú con tu maletín. Estas conductas egoístas y ególatras no conducen a caminos limpios y menos a cambios sociales notables.

Ponerles la carnada a los ladrones es crear un conflicto social. No asumir una actitud de alerta o auxiliadora ante determinadas señales anormales en nuestro entorno es complicidad. Hay muchas lecturas para eso que reza que tan culpable es el que mata la vaca como… Pensemos en todos por el bien de todos. Al decir del profesor Calviño, vale la pena.