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Por Graciela Guerrero Garay       Fotos: Cortesía de la Entrevistada

La alegría de estar de vacaciones incrusta un brillo más retozón a sus vivaces y expresivos ojos. Pudo despedir el 2014 con su familia y recibir el Enero de Victorias del 2015 en Las Tunas, su ciudad natal. Confiesa que lo necesitaba, sin ocultar que en las  tardes, a veces, le cae una nostalgia muy parecida a la que siente allá, en tierras venezolanas.

Metas y sueños le galopan en la mente, pero el alma no borra el 2011 cuando comenzó su sexto año de Medicina y ofertaron  diplomados en diferentes especialidades. “Soy valiente; presenté mi curriculum y me otorgaron el de Terapia Intensiva y Reanimación y, al graduarme en el 2012, comencé a trabajar como intensivista en el hospital Doctor Ernesto Guevara de la Serna”, cuenta Marianne Barrios Montero, tal como si ahora mismo volviera a vivir los momentos que cambiaron para siempre el rumbo de sus días.

Durante tres meses, el mayor centro hospitalario-docente de la provincia Las Tunas sintió sus pasos, y pacientes y familiares tuvieron el regalo de la perenne sonrisa y cordialidad que la distinguen, aún cuando el cielo tenga nubarrones con preludios de tormentas. En noviembre le comunican que partirá a Venezuela y ese mismo mes llega a la ciudad de Mérida.

“Crecí. Ha sido una experiencia maravillosa y siento la recompensa de tantos años de intenso estudio. Cada minuto recuerdo y agradezco en silencio a mis profesores, a quienes les profeso un enorme respeto y cariño, pues fueron los pilares de mi formación como médico”, puntualiza esta muchacha llena de satisfacción por “ayudar a tantas personas necesitadas de restablecer la salud y cumplir esta humanitaria tarea de la Revolución”.

Piel adentro siempre están las huellas. Mientras responde el apurado cuestionario, el sureño municipio de Jobabo, donde creció y aseguraba a todos que quería ser médico, le devuelve su infancia y los libros que leía con singular frenesí, sin borrar el gozo de bailar la suiza y el aro y jugar a la peluquería con una pasión reiterativa. Allí, quizás, también recogía la influencia de sus tíos Alexis y Raidel Barrios, dos hermanos que igual echaron sus caminos en la Medicina y hoy cumplen misión en Venezuela y Brasil,  respectivamente.

OTROS APUNTES CLAVES

El Centro de Diagnóstico Integral  (CDI) de El Vigía, en Mérida, es quirúrgico, pero esa noche a una muchacha de 16 años se le presenta la emergencia del parto y fue hasta los médicos cubanos a tener su bebé. Marianne y la enfermera holguinera Evelín Pérez Meneses estaban de guardia.

“Fue mi primer parto. En el CDI no se brindan servicios de obstetricia, pero llegó esta urgencia y la asumimos. Todo salió bien y la alegría nos llenó el alma al ver a la mamá y al bebé sin complicaciones de ningún tipo. Jamás olvidaré a Juan Carlos, un niño bello de siete libras, quien es como el hijo que no tengo. Este será siempre uno de los momentos cruciales que guardaré de la misión, pues yo había realizado durante la carrera otros partos, pero mis profesores estaban ahí. Ahora fue sola, con la responsabilidad de sus vidas en mis manos.

“La madre lo llevó un mes después para que lo viéramos y fue lindo. Esta oportunidad de ejercer mi profesión en la hermana tierra de Venezuela enseña a ver las cosas de manera diferente, pues el contacto humano con su gente te hace crecer espiritualmente con mayor rapidez, y profesionalmente te fortalece y ayuda a que hagas un esfuerzo vital para ser capaz de mostrar tus conocimientos y el concepto que sustenta el ejercicio de la medicina cubana. No soy la misma que se fue”, asegura.

El Páramo, una carretera inter-montaña que une los estados de Barina y Mérida, es un paisaje único que guardará para esas tardes cubanas que las transportarán a El Vigía, cuando termine en el 2016 la misión y empiece a luchar por sus nuevas metas y sueños: hacer la especialidad de Medicina General Integral (MGI) y luego la de Gastroenterología.

Mientras prepara las maletas para el regreso, está feliz y optimista, dispuesta a continuar con más ímpetu esa voluntad de dignificar su profesión en Cuba y en cualquier lugar que le pida la Patria, aunque tenga que esperar un poco más su deseo de ser madre y tener una familia, a pesar de que el pequeño Juan Carlos será el primogénito que acariciaron sus manos con esa ternura que le desborda a Marianne en todos los segundos porque, sencillamente, ella es así.

Su sonrisa y la manera en que me confesó cuánto agradece a su mamá Isladys su apoyo incondicional, hizo saltar en mi mente la convicción de que Cuba y sus cubanos son amor, y no es casual que el mundo y la gente no lo olviden. Tal vez, por eso, las palmas en la Isla son tan altas y estar en medio del Caribe no le impide jamás hacer puentes para llegar a los confines del planeta. Aquí se echa a andar…