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Por Graciela Guerrero Garay   Foto: 26 Digital

Para los tuneros decir carnavales es sinónimo de agua, solo que esta vez no le antecedieron días secos como años anteriores. Las añoradas lluvias llegaron bendecidas desde el inicio de septiembre – e incluso en pleno verano- para saciar la sed de estas tierras y llenar un tanto sus embalses hidráulicos.

Lo cierto es que rompieron las tradicionales y también muy esperadas fiestas populares y el buen San Pedro hizo su memorándum sobre esta ciudad con un pródigo aguacero, el cual, como siempre, atrasó el preludio del paseo de carrozas y comparsas, planificado para la arteria principal que divide dos de los barrios más habitados de la capital, la Avenida Camilo Cienfuegos.

Igual escampó y cerca de las diez de la noche una fina llovizna acompañó los pasos de cientos de residentes en los repartos Santos y Buena Vista,  quienes se dirigieron a buscar ese tufillo a lechón asado, comida criolla y cerveza que inunda el ambiente. Justo media hora después de las once, los fuegos artificiales iluminaron el cielo y empezó el sortilegio cultural de la noche del miércoles.

La gente baila su carnaval. Los muñecones, congas y comparsas embelesan, arrastran… y  las carrozas atrapan, con luces, escenografías y tunerísimas  mujeres, a chicos y grandes, sobre un pavimento aún mojado y la brisa que no llegó antes para suavizar el ardiente calor diurno.

El tunero desdobla su alegría, un arraigo permanente de  su identidad. Amanece torciendo la cintura, como en éxtasis.  Las calles duermen antes de tiempo con las ventanas cerradas. Su gente anda de parrandas. El amanecer es inquieto, cantarín y bullanguero.

Un naciente despertar junta sudores. Ahora mismo, cuando es jueves en el almanaque del 2014 tampoco nadie queda en casa. Los trillos se llenan de obreros y estudiantes. La fiesta es a la noche. Ahora hay que trabajar y hacer el mañana desde las escuelas.

Así son los tuneros, cubanos a la redonda. ¡Y que siga el carnaval!