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Por Graciela Guerrero Garay

Por estos días un nuevo aldabonazo internacional trata de romper los cristales de hierro del avinagrado recinto de la Casa Blanca. La jornada “16 años es demasiado tiempo. Ni un minuto más” conmueve y une multitudes más allá de las costas de la Isla. Ramón, Gerardo y Antonio siguen prisioneros en cárceles de los Estados Unidos, injustamente acusados de ser terroristas.

Pedirle – reiterarle-  a Barack Obama que rubrique la liberación de estos férreos luchadores contra ese método de acción política destinado a sembrar el miedo en un grupo social, racial o religioso, en una comunidad o ciudad, y en algunos casos, a desestabilizar al Estado y promover una revolución – como conceptualiza al terrorismo la Licenciada  y Geopolítica Uruguaya-Argentina Martha Lidia Ferreira-, es un himno de derecho y libertad de millones de personas en el mundo, más cuando a diario el poderío bélico de ese país mata sin piedad a seres indefensos, como vimos prácticamente ayer en la franja de Gaza.

Increíble. Buscar de pretexto el móvil de la mayor de sus cicatrices para atacar a otras naciones, pasa de castaño oscuro. Supera cualquier mito que mantengan contra los CINCO una condena absurda, desmantelada y puesta sobre la mesa como la personalización del ridículo, en lo referente a las Normas y Principios del Derecho Judicial. Las mañas del juicio en Miami y las incongruentes sentencias, así como la manipulación de pruebas y la falta de argumentos para avalar las sanciones, ya no pueden silenciarlo ni los mismos jueces que las firmaron.

Esas falacias imperiales vienen como latigazos a mi mente, al descubrir en las acuarelas de Tony Guerrero la esperanza que le regalan nuestros niños al pintarles sus fantasías, una de las cosas más lindas que desatan los amores de estas cadenas de solidaridad que sacuden al mundo, ¡Es hermoso ver cómo los pioneros  les dedican sus dibujos! ¡Cómo colocan sus obras en los murales de la escuela!

Una sensación tan limpia los mueve que se siente flotar en el aire  la ternura con que Adriana mira a Gerardo, en esas imágenes que por doquier parecen mostrarnos los besos que les apresaron en las cárceles de los Estados Unidos. O sentir, sin pecar de ser el último samaritano, el abrazo que le dará Ramón a sus hijas Laura y a Lizbeth cuando se encuentren.

Una pasión enorme, aprisionada y pisoteada durante 16 largos y penosos años. Idéntica a la que llenó a mi país y su gente de cintas amarillas. Fantástica como las historias de crayolas y lápices de colores que van en sobres hacia donde están ellos, los tres hermanos prisioneros. Digna en virtud como los dibujos de los murales de las escuelas. Extraordinaria y fuerte como la solidaridad con Cuba.

La presente Jornada deja huellas. Más temprano que tarde se derretirán los barrotes de la soberbia. El espanto no mata al amor. Con cristales rajados anda el avinagrado recinto de la Casa Blanca.