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Texto y Fotos Graciela Guerrero Garay

Su voz es un soplo alegre en la comunidad y, como el viento, parece andar siempre de prisa. No creo que la mayoría de sus clientes sepa que nació en Guantánamo  y es Técnico Medio en Metrología. Para todos, Arturo Bouza García es el cartero, el querido y bienvenido cartero del barrio, sin ser nada igual, al menos desde los últimos años del pasado siglo.

La modestia le marca cuando pido entrevistarlo. Siento que el viejo mito de que el cartero siempre llama dos veces no forma parte ya de ese halo romántico que pudiera envolverlo si trajera en sus manos un montón de cartas. Ya casi nadie escribe y tal vez jamás existan las cartas amarillas, como aquellas que inmortalizaron el amor de Ignacio Agramonte y Amalia Simoni y acuñaron en la historia de sus vidas “Mi ángel”.

Anda con la gorra gris oscura y su bicicleta, muchas veces agotado bajo el sol, el cual espanta con una camisa desabotonada de mangas largas, sin pensar que todavía lo esperan con la misma impaciencia que Frank y Cora apuraron el asesinato de Nick para amarse sin ataduras, en esa película que dio fuerzas a la novela homónima de 1934, escrita por James M. Cain.  

Así no más, no es de quienes sonríen. Sin embargo, la gentileza le brota en ese ir y venir para entregar la prensa y convencerse que está en el balcón o el sitio justo. O en las veces que llama para pagar a los jubilados y entregar las tarifas telefónicas, con cortesía y aclarando cualquier duda.  Es singular y, a veces, pienso que no usa el silbato para no crear confusiones en los ancianos que añoran un giro, un telegrama o un bulto postal. Hay muchos ambulantes por la calle pitando, pitando.

Ama el trabajo y aunque está entre los carteros integrales de la Agencia de Correos Tunas 2, tampoco olvida el tecnológico Julio Antonio Mella, en Rancho Boyeros, donde se graduó en 1978. En las noches, los recuerdos de sus días en La Habana le parecen esas cartas que quisiera repartir con noticias de amores y promesas, rotuladas al estilo del Quijote con su “Soberana y alta señora”, dedicadas a su Dulcinea.

Pero ya casi nadie escribe cartas y él, como la mayoría, son `prestadores de servicios. Claro, útiles y muy importantes servicios, más ahora que en el barrio crecen los jubilados y las colas en los cajeros, los bancos y los mismos correos son un infierno. Pero, por eso, Bouza  no deja de un lado su modestia. No apuesta a ser famoso como Hermes, el mensajero de la mitología griega. Él, sencillamente, quiere que la gente quede complacida y le gusta llamarlos y ver cómo sonríen y agradecen.

No es fácil ser cartero, ni antes ni después. Casi siempre paga lo que otros hacen, como el retraso de los créditos, la pérdida de un telegrama, una postal, un paquete. Le tocan las explicaciones, aunque muy pocas sepa con exactitud. Y si de recorrer kilómetros se trata, ni decir. Tal vez se le ocurra empatarlos todos y descubra que va llegando al Cabo de San Antonio.

De cualquier manera es el cartero del barrio y ya muy pocos saben vivir sin sus recorridos habituales, con la prensa calentita, dispuesto a ahorrarnos el tiempo de pagar la luz, el teléfono, los créditos bancarios y dejarnos, en la puerta de la casa, esas revistas y tabloides que tanto nos interesan y desaparecen por arte de magia de los estanquillos.

Arturo Bouza García también llama dos veces como la novela de James M. Crain y vuelve una y otra vez sobre sus pasos… no me dijo nada, pero quizás ahora piense que sería bonito que la gente no olvide más lo bello que es escribir sobre un papel en blanco y piense, solo una vez, que los trazos son corazones del pulso y el alma… Prefieren el celular, los SMS, el email y esa simbología que lo sustituye todo muy rápido y te conecta…

No le pregunté y, sin embargo, lo imagino más feliz con un bulto de cartas en las manos el día de los niños, el del padre, la madre, los enamorados… cartas que no economicen palabras ni escondan sentimientos…que nos acerquen más… como esa de Gustavo Adolfo Bécquer desde el Monasterio de Veruela, en 1854, dirigida a sus amigos:

Heme aquí transportado de la noche a la mañana a mi escondido valle de Veruela; heme aquí instalado de nuevo en el oscuro rincón del cual salí por un momento para tener el gusto de estrecharos la mano una vez más, fumar un cigarrillo juntos, charlar un poco y recordar las agradables, aunque inquietas horas de mi antigua vida…

Quizás, entonces, no atropellaríamos un oficio tan vital y dejaríamos de decirle a él, quien tanto hace con tan poco… “ahí viene el periodiquero… la chequera... el cobro de la prensa…” Diríamos “¡llegó el CARTERO!”, exactamente lo que ama y llena de orgullo a Bouza.