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Por Graciela Guerrero Garay   Fotos: De la autora

Cuando visité, años atrás, el Centro de Reeducación de Menores en Las Tunas me fui con más de una sensación en el alma y muchos apuntes nobles en la agenda. La escuela es un lugar de lujo: limpia, bien habilitada, con especialistas y docentes cultos e instruidos. Y lo más importante, con sensibilidad, responsabilidad y conciencia de que los alumnos tienen características especiales, conflictos e historias de vida tristes y disfuncionales.

A tono, ellos – maestros, profesores y reeducadores-  se ponen a la altura y conocen que no pueden impartir los programas como se haría en un centro normal del MINED. Sin embargo, la primera referencia que tuve de esas instituciones sucedió durante mi estancia en la Universidad de Oriente, allá en el Reparto Quintero, en Santiago de Cuba. Muy cerca de los edificios donde vivíamos los becados, existía uno similar. Incluso varios jóvenes, una que otra vez, ayudaban en los menesteres del amplio comedor de la residencia estudiantil.

En Cuba, aunque a muchos le duelan sus avances y desconozcan la proeza de su humanismo desmedido, ser huérfano o abandonado por padres y familiares, no es una desgracia existencialista, a pesar de que en medio de esos conflictos personales los muchachos y muchachas delinquen, ingresen a las filas de la deserción escolar o queden a merced de la solidaridad. Justo aquí entran a cumplir su rol las trabajadoras sociales, los rescatan y, según sus tipos y problemas, los ubican en estos planteles o las Casas para niños sin amparo filial.

Ninguno queda en la calle y el Estado asume, con un altruismo y esfuerzo tremendo, la responsabilidad de quienes fatalmente traen hijos al mundo así no más. La mayoría de estos infantes y adolescentes siguen buenos caminos, luego de cumplir esas etapas necesarias para reformarlos, educarlos y prepararlos para un empleo, ser útiles así mismo y a la sociedad.

Una noticia difundida en el diario cubano Juventud Rebelde – firmada en Orlando, Florida, bajo el sello de la Agencia EFE – me despertó la memoria. La información testifica que un niño de 9 años fue detenido en EE.UU luego que las autoridades escolares encontraran en su mochila, junto a sus libros, una pistola y un cargador con seis balas.  El chico cursa el cuarto grado, explica la nota.

Siempre bendecí la feliz determinación de mi país de prohibir, legalmente, portar armas de fuego al ciudadano común, por estar convencida de que los humanos llevamos dentro una fiera dormida y, si despierta, cualquier cosa es posible. Aún así,  sucede y lamentamos consecuencias fatales por infringir la ley o usar, por ejemplo, las llamadas armas blancas.

Igual bendigo que las maestras de la Enseñanza Primaria, una que otra vez, les saquen de las mochilas a los más pequeños algún juguete, libro de cuentos, papelitos con recortes del personaje favorito de las historietas y hasta los labiales gastados de mamá o el llavero de papá. ¡Pero armas de fuego! NUNCA, ni incluso pistolas plásticas porque, amén de que en los primeros añitos muchos de nuestros chicos sueñan ser policías, prefieren jugar con carritos, montar patinetas o corretear detrás de una pelota.

La violencia infantil en Cuba se limita – si sucede- a determinadas riñas leves, donde los frágiles puños o la amenaza de una “patadita” son los resortes defensivos más frecuentes. Entre adolescentes, en ocasiones, las piedras suelen ser el recurso. Y nada de ver todos los días ni en todos los lugares. La mayoría es retozona, amigable y compañera en ambos grupos etarios. Este ambiente saludable, cordial y seguro caracteriza el contexto de la educación.

La diferencia es consustancial a la ilustrada en los reportes cablegráficos que desnudan la alta violencia infanto-juvenil que marca muchas sociedades, en este también violento mundo del siglo XXI, aunque la isla no escape de alguna tragedia pública, fundamentalmente entre los más jóvenes. Los hechos ocurren, esporádicamente, en actividades recreativas privadas o públicas, pero en las escuelas jamás.

Las mochilas de los escolares aquí traen lápices, libretas y libros. Esta verdad ninguna campaña mediática ni las pocas evidencias que existan pueden oscurecerla. Los niños y adolescentes cubanos nacen y crecen con plena garantía de vida.  Cuba es un país seguro y pacífico.