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Por Graciela Guerrero Garay   Foto: Yelaine Martínez Herrera

Siempre que llueve escampa, pero en ciertos temas parece que no es así aunque, una y otra vez, se retome el asunto, dicten resoluciones, sea criticado por los Medios y simule retórica entre el ir y venir de la cotidianidad.

La indolencia como la irresponsabilidad son malas hierbas necesitadas del certero golpe de un afilado azadón. Ya existen muy pocas cosas que no tengan un agujero negro que esconda, garganta adentro, la nobleza de su fin o la justicia con que fueron concebidas.

En la víspera del Carnaval, por ejemplo, en el canal TunasVisión un galeno del Centro de Higiene y Epidemiología llamó al correcto manejo en la venta de alimentos para evitar brotes epidémicos, los cuales afectan la provincia y a este municipio desde hace meses y no es secreto para nadie. Aseguró, además, la presencia de inspectores sanitarios y, especificaba, en la oferta de lechón asado, siempre con alta demanda.

Cuatro horas después, justo lo que el especialista informó estar PROHIBIDO, aconteció. Los bocaditos se hacían a la orden, con las propias manos del vendedor –cobrador. Varios lectores me llamaron y lo comprobé “in situ” en el punto de venta de la esquina de la avenida Camilo Cienfuegos y A. Barreda. Varios lectores aseguraron que en otros kioscos era igual.

Tal deterioro de la higiene también lo confirmaron los trabajadores de Comunales encargados de limpiar el área del Tanque de Buena Vista, en las primeras horas del amanecer. Ya las fiestas se fueron, sin embargo, la recogida de basura y los basureros improvisados – denunciados en varias ediciones y espacios de este Semanario- parecen implantes naturales del ambiente. Unos de bolsas plásticas, otros de árboles o cualquier cosa. La gente tira sus desechos donde les sea más cómodo y, al parecer, Servicios Comunales no da a abasto para mantener la limpieza y contrarrestar tantas violaciones. ¿O será otra cosa?

Lo mismo sucede con el estiércol de los caballos por las calles y hasta en las aceras. Los tanques para depositar los residuales comunes como papeles, latas, vasos desechables o cualquier otra materia inservible para el transeúnte común, brillan de ausencia. Y si se le suma el agua estancada en los cientos de baches de las vías y las albañales que corren como ríos fértiles, ¿a dónde vamos a parar?

No basta gastar millones  de recursos y dinero en fumigaciones – léase cuanto material se invierte en la campaña contra el Aedes-, vender Hipoclorito de Sodio, llenar de spot educativos los intermedios de la Televisión,  dar charlas, poner de “carreras” los Médicos de Familia y los Puestos de Mando. No basta decir y decir. Hay que hacer, con exigencia drástica y permanente.

Habrá que hacer resoluciones o decretos “viceversa”. Es decir, que si una persona jurídica puede multar a una natural, también un ciudadano pueda demandar a un organismo que no cumpla con sus deberes. La culpa no cae al suelo, pero tampoco la puede tener el camión, el mosquito, el agua o una bacteria. Es hora de hacer, no de hablar. Salvar el entorno y garantizar la higiene y la salud colectiva lleva nombre propio: el tuyo, el mío, el de aquel…, ya sea desde el escaño estatal o privado.  Camine barrio adentro y entenderá mejor este mensaje.