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Texto y Foto Graciela Guerrero Garay

A pocas horas de que se cumplan quince años del injusto encarcelamiento de los CINCO cubanos antiterroristas, prisioneros cuatro de ellos hoy en cárceles norteamericanas,  millones de cubanos de todas las edades portan lazos amarillos en alguna parte de sus atuendos personales, mientras se dirigen a las escuelas, centros de trabajo o lugares públicos a realizar las actividades cotidianas.

El hecho revive una vieja tradición inglesa, vinculada a la guerra civil, por la cual las esposas de los soldados en el frente colocaban en las puertas unas cintas amarillas, como expresión de los deseos de que regresaran a casa, historia que trajo a la palestra pública del país René González, uno de los CINCO que cumplió la cruel condena y ahora continúa su altruista lucha a favor de sus hermanos, arbitrariamente sentenciados en los Estados Unidos.

Aunque este jueves 12 de septiembre es el día clave de las muestras de apoyo, solidaridad y justiciero reclamo por la liberación de Ramón, Gerardo, Antonio y Fernando, desde que René lanzó la convocatoria paulatinamente a lo largo y ancho de la Isla se sumaron detalles amarillos al entorno, según iniciativas individuales y colectivas. Lo mismo sucede en todo el orbe.

La causa de los CINCO es una loable muestra del sentido de justicia y condena al terrorismo que marca a la mayoría de las naciones y a los seres humanos alrededor del mundo, al tiempo que patentiza el rechazo nacional e internacional a las políticas belicistas y unilaterales del gobierno de la Casa Blanca, el cual desoye las voces, acciones y documentos legales que demuestran las artimañas y debilidades del juicio que llevó a prisión a los luchadores cubanos.

Estas cintas amarillas renovadoras del amor por nuestros compatriotas y la belleza humana de la jornada de homenaje dirá, en cualquier punto de la tierra, que no hay equívocos: Los CINCO tienen que volver ya. No son ellos quienes deben estar prisioneros.