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Por Graciela Guerrero Garay

¿Quién olvida sus juegos infantiles? Jugar, en la infancia, es tan necesario como volar para las aves. Es una razón de ser, la cual forma parte íntegra del descubrimiento, el conocimiento, la formación de valores y la personalidad en esos años pueriles donde, fantasía y deseos, tejen un carrusel perfecto en la espiral de la vida.

Sin embargo, no siempre los padres asumen una actitud responsable ante esta actividad y, con ojo observador en la calle y los barrios, cualquiera puede pensar que les dan vía libre hacia el libertinaje y, en consecuencia, reciben su apoyo y el de los adultos que están por los alrededores. La señal evidente es la indiferencia que muestran ante el potencial y real peligro de los juegos.

En tiempos de mi infancia y de las generaciones precedentes, quizás, tuvo lógica armar un campo deportivo en cualquier espacio del reparto. Para entonces, el tránsito era escaso y los conductores no padecían de “la corrimanía” de hoy, agudizada por el irrespeto a las leyes de vialidad. Ahora, hasta por las aceras, te sale de repente una moto, una bicicleta, un carretón o un coche. El reloj no cuenta; los violadores no tienen horarios.

La cautela es vital en la etapa de vacaciones, pues aumentan los riesgos y el número de niños propensos a cualquier accidente, porque todavía muchos tutores continúan en sus centros de trabajo y, algunos, obligados por las circunstancias, dejan a sus vástagos (ya mayorcitos) solos en casa.  Sin el ojo protector, cualquier diablura florece.

No hace tanto, regañé a un par de chicos que treparon a un árbol y, ante la suerte de balancín que hicieron, los gajos crujían. Por segundos, no cayeron al pavimento. Al día siguiente, en la concurrida avenida del área del Tanque de Buenavista, también faltó un minuto para la ocurrencia fatal de un accidente: el camión explotó la pelota de balompié. El niño de 10 años, quien venía detrás, quedó estático a menos de medio metro de la rueda.

Jugaban en plena calle y por todos sus costados  les rodeaban los adultos. Ninguno regañó, alertó ni ejerció su deber social. Para muchos, esta indiferencia se debe a que, ante el llamado de atención, los muchachos faltan el respeto y se burlan. Entonces, como dijo una señora,  “que los padres se encarguen. Con los de uno, ya tenemos”. Contado así, en un artículo, simula una anécdota sin trascendencia. Sin embargo, los accidentes en la vía crecen a diario, aunque algunas estadísticas anuncien un descenso en la curva mortal. Mas, siento, que la vida no debe escaparse y, menos, por un descuido irresponsable y evitable.

Los dedos vuelven a la familia. En la exigencia está la clave de una buena educación. La responsabilidad es un valor adquirido, se enseña y aprende. Es diario, objetivo y necesita de convicción y argumentación. La calle y los espacios abiertos donde exista la mínima posibilidad de circulación de vehículos, no son para jugar. La comodidad o la cercanía al hogar, no elimina el peligro.

El verano siempre trae sus signos tentativos. Chicas y chicos suelen aburrirse con frecuencia y presionan para alcanzar sus intereses. No es nada ajeno y anormal, pero la cordura y el tutelaje paterno no pueden perder las coordenadas, ni frenar, tampoco, el sano divertimento.

Las vacaciones son un espacio diseñado para recuperar ese desgaste bioenergético que aparece con el trabajo y el estudio continuado. De conjunto, hay una voluntad explícita de pasarlo de la mejor manera, tanto social como familiarmente, pero el riesgo se multiplica por doquier: en la playa, las piscinas, el barrio, las fiestas, el campismo y las carreteras… La mayoría de las conductas irresponsables de los más pequeños, nacen bajo el manto de la inocencia.

Vale meditar. Juguemos con sonrisas y cero llantos. Albert Einstein, uno de los científicos más trascendentes del Siglo XX, lo escribió para estos tiempos: “la vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”.